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Escritos: Revista Cultural

martes, 11 de diciembre de 2018

ÚLTIMA FLOR DEL NAUFRAGIO-PEDRO ANTONIO VALDEZ, pdf, descarga gratis


LOS PORQUÉS DE LA ÚLTIMA, DE LA FLOR Y DEL NAUFRAGIO

En el nombre de Dios: Amén. La narrativa dominicana, con su secuencia incesante de aciertos y desventuras, constituye la historia de un naufragio. Marejada voraz donde los escritores sobreviven a chepa o terminan por ahogarse frente a los ojos de una sociedad indolente. La ausencia de proyectos sólidos de edición y de promoción de nuestra literatura provoca un sentimiento de abandono, que muchas veces empuja hacia un estancamiento estético prematuro, hasta el punto de causar que el escritor dominicano sea de a ratos y por añadidura. Tal ausencia es auspiciadora de disputas estériles, de zancadillas y de que las pocas oportunidades promocionales sean mal aplicadas, por efecto del llamado Síndrome de Horaeio Vázquez o que entre el Mar, que se define como el yo o nadie. Este naufragio devorante a quienes más afecta es a los narradores. Desde los orígenes de las literaturas en lengua romance, y más aún a partir de la modernidad, los pueblos han solido escribir sus textos fundamentales en prosa; sin embargo, en nuestro país siempre se ha privilegiado el cultivo de la poesía, y esta, digamos paradoja, alcanza su mayor grado de sistematización en el hecho de que nuestros movimientos literarios han sido orientados hacia los poetas y no hacia los narradores. Por todo eso, el naufragio.

La flor. [Oh, mi bien amada, qué bella la flor, cómo perfuma, cuánto embriaga! Es tan dulce, tan suave, tan frágil... tan efímera. El problema de la flor es precisamente que sólo florece. La literatura dominicana es una flor: siempre, década tras década, floreciendo. Pero raras veces se trasmuta en fruta sólida y acabada. El parnaso local siempre vive lleno de promesas... de promesas que no se cumplen. Escritores que emergen con mucha potencialidad y que, al final, terminan con una obra incompleta y de alcances limitados. Prometer y no cumplir... Es como si la literatura nacional tuviese vocación de política. Pero toda esta finitud se debe al naufragio. Por todo eso, la flor.

Los narradores surgidos en la presente década seremos los últimos, tanto del siglo como del milenio. Cerraremos una puerta hecha escombros. Hemos presenciado la caída del muro de Berlín; hemos sentido el proceso inmigratorio; hemos notado la ausencia de ideales políticos sólidos; hemos manejado computadoras; hemos observado el paso definitivo del campo a la ciudad; hemos percibido el papel sospechoso de las religiones; hemos sido asaltados por la farsa de dos procesos electorales; hemos sido cantados por Nando Boom, Vico C y la Coco Band. Hemos padecido ya tantas cosas, que a veces tememos dar un paso más (Si, como sustentan los historiadores, los finales de siglo son de crisis, qué no esperar de un final de milenio). Pero aún así, al parecer estamos dispuestos a fecundar la flor más allá del naufragio. Por todo eso, la última.

El libro Ultima flor del naufragio reúne a diecinueve narradores jóvenes dominicanos que asumen su compromiso mayor con la cuentística en la década de los noventa. Honestamente creo que en este proyecto, hay algo de anti-antología, pues a las antologías les gusta abastecerse del orden establecido: es muy confortable preparar un florilegio en el que los seleccionados estén inscritos en la vía de la posteridad. Sin embargo, existen numerosos ejemplos -como el de san Juan de la Cruz, quien estuvo ausente de las antologías preparadas en el Siglo de Oro- que demuestran que dicho sistema no es enteramente confiable. De manera, pues, que máquina. El que estos narradores lleguen o no a la posteridad dependerá solamente del trabajo que cada uno continúe realizando y, más aún, de la posteridad misma. Por lo pronto, esta es su antología. Sólo el lector y la imprecisión del tiempo podrán decir la última palabra.

IV
RELACIÓN ACERCA DE LOS ÚLTIMOS NÁUFRAGOS

Todavía no puede asegurarse que los narradores incluidos en esta Ultima flor del naufragio conformen un sexto estadio del cuento dominicano; pero sí pueden citarse ciertas características esenciales que les dan peculiaridad. En esta década el espacio rural desaparece por completo, mientras que el concepto de ciudad se internacionaliza. La experimentación técnica, constante desde los sesenta, es abordada ya no tanto como instrumento de ruptura en sí, sino como orden establecido, según puede evidenciarse en las vigorosas interpolaciones de Luis Martín Gómez, Víctor Saldaña, Máximo Vega o en las densas construcciones escriturales de Aurora Arias. Es evidente que, salvo algunas excepciones -digamos los pasajes fantásticos de Roberto Sánchez o las risas forzadas de Luis Santos-, no existe la intención de someterse a los cánones cerrados propuestos por algunos maestros.

A estos narradores corresponde cerrar un milenio y abrir otro. Los tiempos actuales, dominados por el talante de la amargura que provee la impotencia, son bastante difíciles (el hecho de que la bachata, esa canción seductora devorada por el amargor, haya calado tanto en el gusto de nuestros días es un reflejo de dicha circunstancia). Esta angustia la hallaremos vertida en los textos representativos de nuestra antología. Es preciso señalar que esta coyuntura constituye una diferencia de fondo con la cuentística anterior. En el cuarto estadio -de los años sesenta y setenta prevaleció el sentimiento del miedo, debido a que la gran causa del peligro estaba bien ubicada: el culpable era el sistema y la solución, derribarlo. En el quinto estadio, debido a la larga tregua "democrática", hubo cierta congelación del desarraigo existencial: en la década de los ochenta prevaleció el ambiguo sentimiento de la espera. Mas en la década de los noventa, donde ya cada cual se ha despojado de su máscara, el enemigo ha resultado ser tan gigante y enigmático que no se vislumbran formas ni dirección de destruirlo: de ahí, transplantando a Kierkegaard, proviene la angustia. Angustia que podemos identificar claramente en las narraciones de David Martínez, Eloy Alberto Tejera o Frank Martínez, aunque a veces adquiera un matiz de nostalgia en Pablo Jorge Muston en o un tono de esperanza inútil en Melchor Rosario, Nicolás Mateo, Mélida Carda o Carlos Roberto Cómez Beras. Angustia que mal mirada y de lejos, como en los textos de Luis Toirac, podría parecer ausente... lo cual no hace sino multiplicarla.
Otra nota característica de los textos de estos jóvenes narradores es la presencia del erotismo. La sensualidad, ya sea en la expresión meramente lúdica, en la referencia indirecta o en la instancia soterrada, invade el relato infestándolo con diversos pasajes en los que la experiencia erótica determina de algún modo el acontecer humano. Sin embargo, urge aclarar que no se trata de un erotismo sensacionalista y superficial, sino de un erotismo aplicado como instrumento para llegar al fondo de la problemática existencial del hombre. De esa manera, el narrador busca penetrar la interioridad de los personajes, husmear entre sus escombros sicológicos y transitar a través de su profunda soledad.

Además de la coincidencia epocal, de la pluralidad formal, de la angustia y del erotismo, estos últimos narradores-náufragos, perdón- están emparentados por el recurso de la abstracción. Las tramas, los personajes y los cronotopos son manejados a partir de una visión abstracta, lo cual permite una mayor libertad en la construcción de los hechos y en el uso del lenguaje. Esa tendencia hacia la abstracción se evidencia particularmente en los textos de Sueko y Eugenio Camacho y alcanza un nivel complejo en la trama metafísica de Pedro José Gris. Un detalle significativo es que la narrativa corta de estos jóvenes refleja de manera clara, apoyándose en la referencia cotidiana y la pincelada sicológica, la problemática existencial del dominicano.

Todos los rasgos señalados en este capítulo nos hablan de una cuentística -canónica o no- sintonizada con la temporalidad sobre la que se gesta y compatible con el resto de la narrativa corta que emerge por estos días en el Caribe. Finalmente, es justo adelantar que en esta antología faltan autores. Ello se debe a diversos motivos: la incomunicación, el desconocimiento, quizás el olvido...
mas Dios es testigo de que en ningún caso ha obrado la mala fe. Pero sepa el lector que los textos de los escritores que no están aquí, son representados por los textos de los que sí están. De todos modos, algunos tenían que faltar, pues ya advirtió Chesterton que todo recuento que carezca de omisiones injustificadas es sospechoso, porque la costumbre ya las tiene por establecidas. Y, pues, el prólogo ya está acabado: de aquí en adelante comenzará la materia del libro.


Pedro Antonio Valdez
Enero de 1995


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