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Escritos: Revista Cultural

miércoles, 20 de febrero de 2019

EL TERROR COMO ESPECTACULO, ENRIQUILLO SANCHEZ, pdf, descarga gratis


 UN ESTUDIO SOBRE EL FIN DE LA EPOCA POSTMODERNA

LA NUEVA ÉPOCA

Fue Sartre quien escribió en los años ardientes: «Nous ne voulons rien manquer de notres temps». Como era de rigor, la frase estaba escrita en primera persona del plural. Fue una fiesta de la que (<<nosotros no queremos perder nada de nuestros tiempos».) todos participábamos ySartre, desde luego, incluía a sus lectores en ella. No los dejaba fuera. Escribía en nuestro nombre y nos convocaba a las estremecedoras liturgias y a los ritos apremiantes de una actualidad que sentíamos hacer con nuestras conductas y nuestras palabras. Tales palabras, claro está, pertenecían al autor de El ser y la nada, pero pasaban por ser nuestras palabras. El autor nos las prestaba. Era el hechizo de la literatura y, sobre todo, del engagemellt.

Todos teníamos un lugar en la literatura comprometida, aunque fuera el de corifeos y amanuenses del Otro, de esa alteridad imaginaria y ética que consumíamos como discurso de la rebelión establecida, clamorosa paradoja que sin embargo fue la primera nota del siglo XX, hasta que las metanarrativas se derrumbaron como un castillo de naipes y se diluyó el orbe en el que vivíamos sólo para decapitar ese otro orbe supremo del capital en el que, al parecer, no hallábamos lugar porque era el reino elocuente de la iniquidad.

De esa elocuencia -de esa iniquidad chillona- vivíamos cada uno de nosotros; de el1a nos alimentábamos para ser héroes. En esa medida, todos éramos autores. Siempre se trató de eso. No podíamos discernir con precisión ni claridad, ahogados por el embrujo del poema que se nos proponía, y estábamos dispuestos a salir a la cal1e y a dar la vida con adoquines sangrientos por las palabras, esos pequeños animales fogosos de la revolución permanente que nos constituían ynos proporcionaban la densidad y la identidad ficticias.

El texto, también, era nuestro. Estábamos hechos de palabras. Razones, consignas, versos: éramos texto, textualidad, escritura. Seguíamos un libreto mágico en el cual el mayor sortilegio era encontramos recogidos de pies a cabeza, como si el Autor nos hubiese dictado sin tachaduras ni vacilaciones. No había distancia entre nosotros y"nuestras" palabras. Recibíamos la realidad ya escrita, razonablemente escindida en villanos y benefactores, y henchida de palabras irresistibles. Escribíamos una canción planetaria que los puños al viento defendían con temeridad contagiosa y sin duda convincente, arrebatada.

Fuimos, entonces, en el torbellino indeleble de los años sesenta, personajes de una pieza que heredamos montada. Cuando salíamos al ruedo o al proscenio, el libreto ya estaba ahí, desde-siempre-y-para-siempre-ahí. Éramos un discurso, un airado discurso en el que bastaba adherirse a las sabias y omnipotentes leyes de la historia para vivir con buena fe y marchar así hacia adelante. ¿Hacia adelante? Hacia donde nos dirigieran las leyes de la historia, que eran las preceptos ylos pretextos abrumadores y ciegos de nuestra propia espiritualidad.

No había fronteras. Hacíamos el amor en la alcoba pública. Recitábamos nuestros parlamentos sin distinguir bien entre Freud, que atestó los lechos, ni Marx, que nos había armado hasta los dientes. Pablo Neruda prodigó las herramientas del erotismo de que carecieron los oráculos de las grandes narraciones, y nosotros fingíamos ser esos poetas -esos héroes- que colman el mundo de música. Para Fidel Castro, en la olvidada y sepultada Segunda Declaración de La Habana, los héroes tenían «los puños calientes de deseos de morir por lo suyo».

Sartre escribía y nosotros éramos sus lectores autorizados. Estar autorizado era estar escrito. Cualquier buena literatura, sobre todo si es literatura moral, actúa por lo común de tal guisa. No concede treguas, coartadas ni matices. Si nos hubiese dejado fuera, no habríamos sido sartreanos. Fue una pasión que nos incluía sin permitimos saltar a los márgenes. Debíamos estar dentro, ajenos a nuestro destino de criaturas verbales y poéticas que izaban una bandera entonces eterna, inmortal, indeleble. La naturaleza misma de la historia, como fuerza geológica, nos obligaba a estar a favor o en contra.

Tomar partido era el signo de los tiempos. Lo sorprendente, en cualquier caso, era que Sartre encontraba pormenores retóricos indiscutiblemente amables, y de probada e ineludible seducción, pero ahora sabemos que se trataba sólo de pormenores. El verdadero juego ya había sido jugado. Nuestro único papel era el de sumamos al desenlace y engrosar las filas crecientes y aguerridas de la literatura. El siglo XX fue el siglo de las literaturas.

Fue salvajemente retórico. Nadie fue sin su poema. De esas antiguas pasiones, de esos anfiteatros, de esas narraciones feroces hemos salido, acaso maltrechos ypor supuesto marcados. Nada cabe
exorcizar hoy. Ni la propia vida ni las propias andanzas se exorcizan. La única alternativa, en cualquier caso, consiste en leerlas. Leernos, en los primeros años del nuevo milenio, es una tarea acuciante, ardua y festiva, que obliga a un perpetuo y jubiloso cambio de piel. No podemos ser Sartre ni lectores comprometidos de Sartre. El compromiso fue una religión que perdió sus oficiantes. Había nacido en 1947, con ¿Qué  es la literatura?, y resistió hasta 1989. Tal vez cuarenta y dos años son pocos para una religión. O demasiados años, si tomamos en cuenta que las religiones modernas se caracterizaron por nacer y desaparecer ante nuestros ojos.

La saga apasionada nos retribuyó con creces. Nos proveía un lenguaje, un ethos, una imaginería. Fue un universo de álgebras evidentes. Podíamos andar a oscuras por él y reconocer los bultos de sólo tantearlos en la oscuridad. Era posible vivir a tientas. Ahora hemos sido arrojados fuera de la página. Las evidencias han desaparecido. Somos invidentes en el ilegible espectáculo de una inédita luz insumisa.

¿Quién escribe para nosotros? ¿Quién escribe por nosotros? ¿Dónde están los Autores? ¿Quién nos prestará las palabras? Lo cierto es que ha concluido la Obra en los fluviales anfiteatros de la pasión y que nosotros somos los huérfanos enmudecidos de la historia. La Historia, con mayúscula, ha terminado, pero no como lo esperaba Hegel. Bastaba la Razón para que existiera la Historia, y no es sino la Razón la que ha sido derrotada, sin excluir la razón instrumental, herida en sus símbolos y en sus encarnaciones emblemáticas.

Vivimos hoy en el más patente e inextricable de los mundos y estamos urgidos a escribirlo -a confundirnos con él sin perder la distancia ni el gozo de permanecer fuera-, haciendo tabla rasa de los guiones encendidos del pretérito y de sus viejas cantatas elementales. Sólo nos estará permitido ser lectores, no héroes autorizados del poema colectivo. Porque es aún más salvaje, el mundo es más dócil, pero además menos transparente. Porque hemos perdido todas las ilusiones y las gratas inocencias de antaño, para cerrar así una prolongada, fatigosa y fastidiosa educación sentimental, seremos autores de nosotros mismos y de nuestros intransferibles fantasmas. O no seremos. Es la disyuntiva de los nuevos tiempos, que comenzaron sin equívocos el 11 de septiembre de 2001.

Éramos literarios, retóricos, declamadores, y ahora somos desafortunadamente reales, ostensibles, palmarios. Nada nos ata hoya la gramática de la insurrección ni a los folios abrasadores de la utopía y el paraíso. Hemos perdido los beneficios de la imaginación emancipadora y el aura generosa de las sagradas escrituras. Un ethos diáfano y sin escapatorias nos permitía vivir en las fronteras mismas de la ficción poética, provocando incendios que apenas devoraban algunas inciertas trincheras metafóricas, pero en las que postulábamos de todas maneras una metafísica de alcances universales. El texto, como los fantasmas, recorría el mundo, mientras nosotros, con ellos o tras ellos, recorríamos la página, la plaza o la alcoba.

Enriquillo Sánchez

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