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Escritos: Revista Cultural

martes, 26 de febrero de 2019

EL MITO DE LOS PADRES DE LA PATRIA (DEBATE HISTORICO)- JUAN ISIDRO JIMENEZ, pdf descarga gratis



El Duarte auténtico

Escribir o inquirir la verdad acerca del Pater Noster nacional puede considerarse una herejía en el país que él ideó. Juan Pablo Duarte, perseguido, repudiado, vejado, vilipendiado, amenazado con ser pasado por las armas, condenado como traidor a la Patria, advertido, conminado, execrado, desterrado, olvidado, aún no ha sido comprendido y desentrañado por los dominicanos. Se fabula sobre él y se llega a tratar como un ser abstracto, etéreo, asexuado, célibe, estéril, indiferente ante las pasiones humanas; como un santo de altar. Hasta se ha comparado a nuestro Apóstol con el Mártir del Gólgota. Se ha llegado al colmo de negar que alguna vez conociera mujer y se asegura que no tuvo descendencia porque faltan documentos probatorios, ignorando expresamente que sus documentos personales fueron incinerados por un pariente cercano y los que aparecieron fueron manipulados por manos extrañas. No se ponen de acuerdo. Muchos que hacen alarde de ser fieles duartianos son, en el fondo de su alma y, en efecto, verdaderos santanistas.

Para no «pasar por la molestia» de asumir al auténtico Duarte –quien es la piedra moral en el camino de los orcopolitas– los intelectuales comprometidos tratan de exaltarlo hipócritamente en aspectos baladíes o de escaso significado. Apenas mencionan el verdadero leitmotiv de su existencia. Fantasean acerca de su fisonomía, del perfil de su nariz, del color de sus ojos, la forma de su pelo; sobre una supuesta fortuna en Venezuela. Se mofan de su afán libertario perenne, pretendiendo ridiculizarlo como un simple sueño.

No obstante, raramente mencionan su constante obsesión de que la patria fuese soberana, libre de dominio extranjero y de la ambición de los traidores, quienes, desde siempre y aún hoy, pululan en ella. Hacen abstracción de su acendrado antiimperialismo, de su afán de que nuestro territorio no fuese hollado, dominado, vendido, «protegido», anexado, abusado o destruido por fuerzas extrañas o grupos privilegiados. No se hace referencia a la profecía duartiana, empeño de toda su vida, de que se hundiría la Isla de no eliminarse las sabandijas que destruyen el país.

El Duarte auténtico debe ser plenamente conocido y reverenciado. El pueblo dominicano –poseedor de una intríseca vocación y voluntad libertaria– no merece una caricatura de su progenitor. La polémica histórica dominicana. Nuestra nación se caracteriza por tener una población en extremo paciente y tolerante. Un indicador de ello es que, durante toda nuestra historia como nación, hemos sufrido prolongados períodos bajo la férula de gobiernos despóticos e intervenciones u ocupaciones militares por potencias foráneas, cuya despiadada crueldad hemos soportado estoicamente. Hasta que, un buen día, un sector del pueblo dice «ya basta». Y entonces, de alguna manera –hartas veces heroicamente– somos de nuevo libres. Desaparecen por un tiempo esas férulas y disfrutamos de un respiro. Luego, sobreviene otro período de mano fuerte, traición y sometimiento. Y así, sucesivamente...


Mientras tanto, el sector letrado se solaza con polémicas históricas protagonizadas por gladiadores de altos kilates. Recordamos el intercambio intelectual entre dos gigantes: Manuel de Jesús Galván, autor de nuestra primera novela cumbre, Enriquillo, y el Historiador Nacional José Gabriel García, quienes entre 1889 y 1890 sostuvieron un enriquecedor encuentro epistolar acerca de las bondades e inconvenientes de la ignominiosa anexión a España que gestionó y obtuvo el general Pedro Santana, primer dictador criollo. Todos conocemos el desenlace de esa entrega de la Patria: La gloriosa Guerra de la Restauración y el comienzo de la Segunda República. Durante la tiranía de Ulises Heureaux hubo discusiones sobre quién es el verdadero Padre de la Patria: Juan Pablo Duarte o Francisco del Rosario Sánchez. El asunto se resolvió de manera salomónica, aunque arbitraria e ilógica. El tirano Lilís sentenció: “no me meneen los altares, que se me caen los santos» (sic), dictaminando que nuestros progenitores eran tres, en lugar de uno. Había creado una trilogía de patricios, siendo el tercer miembro el héroe del trabucazo del 27 de Febrero de 1844, el general Matías Ramón Mella. Desde entonces, la sociedad dominicana y los gobiernos subsiguientes han acatado ese úcase avalado por un congreso sumiso. La búsqueda de la solución sobre nuestra paternidad se revivió cuando, en 1969, el doctor Carlos Sánchez y Sánchez, bisnieto de Francisco del Rosario Sánchez, y un admirador del Mártir del Cercado, el licenciado Ramón Lugo Lovatón, autor de una voluminosa biografía del heroico personaje, removieron el asunto al responder acremente al doctor Juan Isidro Jimenes Grullón, político y sesudo analista, quien había tildado de «traidores» a dos de los alegados patricios, iniciándose un candente debate epistolar recogido por el periódico El Nacional de ¡Ahora! y la ejemplar revista ¡Ahora! El debate fue suspendido provisionalmente por el médico polemista Jimenes Grullón con la publicación de su libro El mito de los Padres de la Patria, editado en dos ocasiones por la Editora Cultural Dominicana, y que fuera acompañado por un juicioso prólogo presentado por el abogado e historiador Julio Genaro Campillo Pérez. Ambas ediciones se agotaron de inmediato, y no existen al día de hoy ejemplares en circulación.

Acogiendo insistentes solicitudes, el Archivo General de la Nación ha hecho el inteligente esfuerzo de poner, de nuevo sobre el tapete, el tema de ¿quién es el verdadero Padre de la Patria? Para que la presente generación de dominicanos pueda aquilatar los alcances y proyecciones de este apasionante asunto. El volumen que presentamos hoy incluye una reedición de El mito de los Padres de la Patria, de Juan Isidro Jimenes Grullón, y un apéndice que compendia los debates y opiniones de valiosos eruditos. Reaparecen los argumentos presentados por los mencionados admiradores de Sánchez y otros preparados por el profesor Juan Bosch, el licenciado Víctor Garrido Puello, don Máximo Coiscou Henríquez y Oscar Gil Díaz. Es significativo el hecho de que los participantes en esta discusión epistolar han fallecido lamentablemente, a excepción de don Ismael Hernández Flores, profesor universitario, quien en dos breves ensayos resumió magistralmente el alcance y la proyección de la polémica.

En esta reedición de Los mitos de los Padres de la Patria se ha actualizado la estructura de la publicación original, aun cuando en la transcripción de los textos se han respetado los diversos estilos de los autores. Hemos incluido, además, la «Presentación del autor», del Dr. Vetilio Alfau Durán, aparecida en la segunda edición.

Rendimos tributo de agradecimiento a todos ellos por habernos favorecido con sus valiosas opiniones y datos que enriquecen el importante tema sobre nuestro origen como nación. También reconocemos en su justo valor a la extinta Editorial Ahora, por habernos permitido la materialización de esta presentación.

Antonio Thomén

https://drive.google.com/file/d/1jDk8pJZ8K4px-Pl7kgrO_pBSTKt0auzC/view?usp=sharing

miércoles, 20 de febrero de 2019

EL TERROR COMO ESPECTACULO, ENRIQUILLO SANCHEZ, pdf, descarga gratis


 UN ESTUDIO SOBRE EL FIN DE LA EPOCA POSTMODERNA

LA NUEVA ÉPOCA

Fue Sartre quien escribió en los años ardientes: «Nous ne voulons rien manquer de notres temps». Como era de rigor, la frase estaba escrita en primera persona del plural. Fue una fiesta de la que (<<nosotros no queremos perder nada de nuestros tiempos».) todos participábamos ySartre, desde luego, incluía a sus lectores en ella. No los dejaba fuera. Escribía en nuestro nombre y nos convocaba a las estremecedoras liturgias y a los ritos apremiantes de una actualidad que sentíamos hacer con nuestras conductas y nuestras palabras. Tales palabras, claro está, pertenecían al autor de El ser y la nada, pero pasaban por ser nuestras palabras. El autor nos las prestaba. Era el hechizo de la literatura y, sobre todo, del engagemellt.

Todos teníamos un lugar en la literatura comprometida, aunque fuera el de corifeos y amanuenses del Otro, de esa alteridad imaginaria y ética que consumíamos como discurso de la rebelión establecida, clamorosa paradoja que sin embargo fue la primera nota del siglo XX, hasta que las metanarrativas se derrumbaron como un castillo de naipes y se diluyó el orbe en el que vivíamos sólo para decapitar ese otro orbe supremo del capital en el que, al parecer, no hallábamos lugar porque era el reino elocuente de la iniquidad.

De esa elocuencia -de esa iniquidad chillona- vivíamos cada uno de nosotros; de el1a nos alimentábamos para ser héroes. En esa medida, todos éramos autores. Siempre se trató de eso. No podíamos discernir con precisión ni claridad, ahogados por el embrujo del poema que se nos proponía, y estábamos dispuestos a salir a la cal1e y a dar la vida con adoquines sangrientos por las palabras, esos pequeños animales fogosos de la revolución permanente que nos constituían ynos proporcionaban la densidad y la identidad ficticias.

El texto, también, era nuestro. Estábamos hechos de palabras. Razones, consignas, versos: éramos texto, textualidad, escritura. Seguíamos un libreto mágico en el cual el mayor sortilegio era encontramos recogidos de pies a cabeza, como si el Autor nos hubiese dictado sin tachaduras ni vacilaciones. No había distancia entre nosotros y"nuestras" palabras. Recibíamos la realidad ya escrita, razonablemente escindida en villanos y benefactores, y henchida de palabras irresistibles. Escribíamos una canción planetaria que los puños al viento defendían con temeridad contagiosa y sin duda convincente, arrebatada.

Fuimos, entonces, en el torbellino indeleble de los años sesenta, personajes de una pieza que heredamos montada. Cuando salíamos al ruedo o al proscenio, el libreto ya estaba ahí, desde-siempre-y-para-siempre-ahí. Éramos un discurso, un airado discurso en el que bastaba adherirse a las sabias y omnipotentes leyes de la historia para vivir con buena fe y marchar así hacia adelante. ¿Hacia adelante? Hacia donde nos dirigieran las leyes de la historia, que eran las preceptos ylos pretextos abrumadores y ciegos de nuestra propia espiritualidad.

No había fronteras. Hacíamos el amor en la alcoba pública. Recitábamos nuestros parlamentos sin distinguir bien entre Freud, que atestó los lechos, ni Marx, que nos había armado hasta los dientes. Pablo Neruda prodigó las herramientas del erotismo de que carecieron los oráculos de las grandes narraciones, y nosotros fingíamos ser esos poetas -esos héroes- que colman el mundo de música. Para Fidel Castro, en la olvidada y sepultada Segunda Declaración de La Habana, los héroes tenían «los puños calientes de deseos de morir por lo suyo».

Sartre escribía y nosotros éramos sus lectores autorizados. Estar autorizado era estar escrito. Cualquier buena literatura, sobre todo si es literatura moral, actúa por lo común de tal guisa. No concede treguas, coartadas ni matices. Si nos hubiese dejado fuera, no habríamos sido sartreanos. Fue una pasión que nos incluía sin permitimos saltar a los márgenes. Debíamos estar dentro, ajenos a nuestro destino de criaturas verbales y poéticas que izaban una bandera entonces eterna, inmortal, indeleble. La naturaleza misma de la historia, como fuerza geológica, nos obligaba a estar a favor o en contra.

Tomar partido era el signo de los tiempos. Lo sorprendente, en cualquier caso, era que Sartre encontraba pormenores retóricos indiscutiblemente amables, y de probada e ineludible seducción, pero ahora sabemos que se trataba sólo de pormenores. El verdadero juego ya había sido jugado. Nuestro único papel era el de sumamos al desenlace y engrosar las filas crecientes y aguerridas de la literatura. El siglo XX fue el siglo de las literaturas.

Fue salvajemente retórico. Nadie fue sin su poema. De esas antiguas pasiones, de esos anfiteatros, de esas narraciones feroces hemos salido, acaso maltrechos ypor supuesto marcados. Nada cabe
exorcizar hoy. Ni la propia vida ni las propias andanzas se exorcizan. La única alternativa, en cualquier caso, consiste en leerlas. Leernos, en los primeros años del nuevo milenio, es una tarea acuciante, ardua y festiva, que obliga a un perpetuo y jubiloso cambio de piel. No podemos ser Sartre ni lectores comprometidos de Sartre. El compromiso fue una religión que perdió sus oficiantes. Había nacido en 1947, con ¿Qué  es la literatura?, y resistió hasta 1989. Tal vez cuarenta y dos años son pocos para una religión. O demasiados años, si tomamos en cuenta que las religiones modernas se caracterizaron por nacer y desaparecer ante nuestros ojos.

La saga apasionada nos retribuyó con creces. Nos proveía un lenguaje, un ethos, una imaginería. Fue un universo de álgebras evidentes. Podíamos andar a oscuras por él y reconocer los bultos de sólo tantearlos en la oscuridad. Era posible vivir a tientas. Ahora hemos sido arrojados fuera de la página. Las evidencias han desaparecido. Somos invidentes en el ilegible espectáculo de una inédita luz insumisa.

¿Quién escribe para nosotros? ¿Quién escribe por nosotros? ¿Dónde están los Autores? ¿Quién nos prestará las palabras? Lo cierto es que ha concluido la Obra en los fluviales anfiteatros de la pasión y que nosotros somos los huérfanos enmudecidos de la historia. La Historia, con mayúscula, ha terminado, pero no como lo esperaba Hegel. Bastaba la Razón para que existiera la Historia, y no es sino la Razón la que ha sido derrotada, sin excluir la razón instrumental, herida en sus símbolos y en sus encarnaciones emblemáticas.

Vivimos hoy en el más patente e inextricable de los mundos y estamos urgidos a escribirlo -a confundirnos con él sin perder la distancia ni el gozo de permanecer fuera-, haciendo tabla rasa de los guiones encendidos del pretérito y de sus viejas cantatas elementales. Sólo nos estará permitido ser lectores, no héroes autorizados del poema colectivo. Porque es aún más salvaje, el mundo es más dócil, pero además menos transparente. Porque hemos perdido todas las ilusiones y las gratas inocencias de antaño, para cerrar así una prolongada, fatigosa y fastidiosa educación sentimental, seremos autores de nosotros mismos y de nuestros intransferibles fantasmas. O no seremos. Es la disyuntiva de los nuevos tiempos, que comenzaron sin equívocos el 11 de septiembre de 2001.

Éramos literarios, retóricos, declamadores, y ahora somos desafortunadamente reales, ostensibles, palmarios. Nada nos ata hoya la gramática de la insurrección ni a los folios abrasadores de la utopía y el paraíso. Hemos perdido los beneficios de la imaginación emancipadora y el aura generosa de las sagradas escrituras. Un ethos diáfano y sin escapatorias nos permitía vivir en las fronteras mismas de la ficción poética, provocando incendios que apenas devoraban algunas inciertas trincheras metafóricas, pero en las que postulábamos de todas maneras una metafísica de alcances universales. El texto, como los fantasmas, recorría el mundo, mientras nosotros, con ellos o tras ellos, recorríamos la página, la plaza o la alcoba.

Enriquillo Sánchez

https://drive.google.com/file/d/1hcwjBc8xv5q8xB7Mp8c134BMQPiVAsGZ/view?usp=sharing

sábado, 16 de febrero de 2019

Tengo palabras - Antonio Fernández Spencer, pdf, descarga gratis

En reciente homenaje que le rindió la Tertulia Literaria Hispanoamericana, creada en España por Fernández Spencer en 1952, el poeta Rafael Morales, profesor de Historia de la Literatura de la Universidad de Madrid, expresó; "Pero el más hondo libro publicado por Fernández Spencer es, para mí, Diario del Mundo.

"Y por último, Fernández Spencer ha escrito dos libros aún inéditos - Tengo palabras y Otra vez en la tierra-, y en donde, a la vez que en Diario del mundo, culminará señera, personal, humanísima la voz encendida de este gran poeta de América.

"El primero de ellos, Tengo palabras, ha sido escrito en 1965-1970. Se trata de un libro extenso, en donde otra vez, reverdecidos por nuevas conquistas expresivas, volvemos a encontrar las viejas preocupaciones del poeta; preocupaciones, pienso yo, que podríamos reducir a una sola sintetizadora de todas: a un cálido canto de amor; amor a los padres,arrebatados por el zarpazo de la muerte; a la muchachas frutales y hermosas; a la humanidad triste y desamparada en su Gólgota; a la naturaleza que destruimos infatigablemente.

"Hondo, conmovedor libro éste de Femández Spencer, donde a su vieja ternura; donde a sus cantos a muchachas cuyos senos arden -dice el poeta- "como dos copas de coñac", donde a sude los libros de poesía de Antonio Fenández Spencer o La publicación de sus libros ha constituído un acontecimiento para sus lectores en nuestra lengua desde que obtuviera en Madrid en 1952 el Premio Adonais por su obra poética Bajo la luz del día otorgado por un jurado que presidía Vicente Aleixandre, hoy Premio Nóbel de Literatura de 1977,y poetas y críticos de renombre en la lengua, y fuera de ella, como José Luis Cano, Florentino Pérez Embid, José Antonio Muñoz Rojas y Luis Felipe Vivanco.

El poeta tardará diez y siete años en volver a un concurso literario. en Madrid, España, y en 1969 obtuvo el Premio Leopoldo Panero de poesía, por decisión de un jurado constituído por Guillermo Díaz- Plaja, Luis Rosales, J osé Hierro, Torcuato Luca de Tena, Gregorio Marañón, Hugo Lindo y José Ruméu de Armas.

En Santo Domingo publica Vendaval interior. primera muestra surrealista de la poesía dominicana. Movimiento que llega a ese país con la Segunda Guerra Mundial, como llegaba entonces a Inglaterra y a Grecia. En 1967, el Ateneo Dominicano, para contribuir a la conmemoración del Centenario del nacimiento de Rubén Darío, publicó su libro Noche infinita. De ese libro dijo el crítico don Manuel Valldeperes que bastarían sus sonetos para situarlo entre los grandes poetas de hoy, "sin olvidar, claro está, las ponderadas y magníficas décimas de su bello libro".

Publicará en 1962 su libro Los testigos. Que lo sitúan, según el crítico colombiano Ramiro Lago, entre los poetas más notables de la poesía de combate '1 de protesta producida en América desde la colonia, "el mester de rebeldía", como bautiza al género ese crítico y profesor de la Universidad de Notre Dame, Indiana, y de la Universidad de Carolina del Norte, en Greensboro. Al comentar Los testigos. Valldeperes expresa que el poeta "no olvida que la poesía es uno de los pocos valores éticos que nos quedan, porque de ella nos viene  tres lecciones fundamentales, esenciales a la vida del hombre actual: la lección del sufrimiento, de la fraternidad y, sobre todo, la lección del amor".

Fuente: Tomado de la Solapa del mismo libro.

https://drive.google.com/file/d/1KWmtpTb7-8tFe1LFNBoBswo3Pyco31g2/view?usp=sharing

jueves, 7 de febrero de 2019

Lucinda Palmares-Diognes Valdez, pdf, descarga gratis


POR CLARA SILVESTRE

El escritor Diógenes Valdez reconoce que el hecho de haber obtenido un premio por su primer cuento “El silencio del Caracol”, en 1978, cambió su destino, porque eso vino a reforzar la creencia de que estaba caminando por el camino correcto, y que se estaban dando las circunstancias y las posibilidades de convertirse en un escritor.
Hoy, luego de 11 novelas y alrededor de 90 cuentos concentrados en 5 libros publicados, que también han merecido premios y distinciones, recibe el Premio Nacional de Literatura con gran satisfacción y con muestras de agradecimiento para quienes reconoce dieron aliento a sus aspiraciones literarias.
A la interrogante de que si en estos momentos se siente más novelista o más cuentista, responde que las cosas son por igual, “el cuento da mayor satisfacción, porque es un género más exigente que la novela, pero la novela exige un poder de concentración mayor aún y un aliento también más duradero”.
Valdez define al escritor como una especie de conciencia de la sociedad, que debe reflejar los problemas sociales, sin hacer ningún tipo de concesiones, como si fuera la conciencia crítica de su época. “Tenemos el caso emblemático de El Quijote, que es la crítica a la sociedad de su época, y ha sido tan importante que todavía sus ideas, propósitos y proyección didáctica se mantienen, y creo que tomando ese caso como ilustrativo, el autor y su obra debe reflejar todos los problemas de su sociedad. Lo importante es obligar a esa sociedad a que tome conciencia de que está enferma, que tiene problemas y busque los correctivos de lugar. Yo creo que ese es el gran valor de un escritor”.
Como una gran característica en sus últimos libros, reconoce que la mayoría de los dramas que retrata en sus novelas están tomados de la realidad. “Creo que la realidad es mucho más rica que la imaginación, y esa realidad está tomada con tal verismo que a veces utilizo hasta los nombres propios de las personas que vivieron esas situaciones. Entiendo que los personajes empiezan a vivir realmente con sus verdaderos nombres”.
Destaca que más bien trata de plasmar realidades, respetando la dignidad de las personas, porque se trata de novelas que se alimentan de la vida real, aunque aclara que a veces algunas obligan a modificar puntos, porque sencillamente no funcionan en las relaciones de los personajes inventados.
En su primera novela “La telaraña”, publicada en 1980, expone sobre su infancia y lo que vivió en su hogar, pero reconoce que en ese entonces tenía temor de que su familia pudiera verla y se identificara, entonces es que disfraza todo de manera que si lo leían no se descubriera la situación. “Fíjate, ya yo puedo hablar con sinceridad. Llega un momento en la vida en que uno oculta cosas, pero cuando uno pasa de los 60, como hoy que tengo 64 años, y se ha vivido tanto, uno no tiene que cuidarse. En mis primeros tiempos, mis cuentos eran fundamentalmente políticos, de crítica a la sociedad y las instituciones, pero ya yo he calmado mis ímpetus con el paso del tiempo”.
Entre sus novelas le gusta mucho “Tartufo y las Orquídeas”, y aunque recientemente Manuel Mora Serra, jurado del premio que hace dos meses recibiera por parte de la Universidad Central del Este, con la novela “El cisne enfermo”, considerara ésta la mejor de todas, expresa que la anterior le llenó mucho.
CONFESIONES
“Nunca me sentí defraudado, porque supe encontrar voces de aliento. Cuando escribí mi primer cuento, como se dice vulgarmente a la bartolina, fue entonces cuando Manuel Rueda lo leyó y me dijo: ¿Esto no es un cuento? ¿Tú no has leído los apuntes de Juan Bosch sobre El arte de escribir cuentos? Entonces fui a leerlo y dije: ¡Es verdad!, entonces te puedo decir que he tenido suerte, porque he encontrado gente en etapas decisivas que han sabido orientarme de una manera positiva, y se lo agradezco de corazón a todos ellos”.
Antes de publicar su primer libro, Diógenes Valdez había publicado algunos cuentos en diarios de circulación nacional, los cuales considera perdidos, aunque sabe donde están, pero entiende que son el producto de una etapa inmadura.
PLANES
Entre sus planes está integrarse a las actividades culturales de Santo Domingo, y como primer paso retomará la practica de colaborar con los periódicos. En el pasado escribió crónicas de libros y ensayos breves. Ha publicado alrededor de 50 artículos.
Asimismo lleva bien avanzado un proyecto que abarca todos los cuentos de Juan Bosch, otro libro de cuento que pronto saldrá a la luz pública, entre otros que espera encontrar la tranquilidad y la paz social para hacerlos, porque luego de llevar 37 años trabajando para el Estado dominicano, hace poco fue despedido, lo que considera una injusticia ya que según el Código Laboral lo que procedía era una jubilación o una pensión automática.
En ese sentido, afirma que el premio ha llegado en el mejor momento.
UN MOMENTO TRASCENDENTAL
Diógenes Valdez tiene un gran sueño que no ha realizado. Se trata de regresar a ese lugar donde nació su vocación literaria, porque a su entender tal vez fue la época más feliz de su vida. Ese contagio con la literatura como lo llama, surgió estando en Uruguay, donde fue a estudiar la carrera de ingeniería.
¿Y a qué se debió el cambio de una carrera tan diferente como es la ingeniería hacia la literatura? “Primero, estaba muy lejos de mi país, y segundo era hijo único y estar tan lejos, hizo que me sintiera abandonado y tocado por la nostalgia, y mientras esperaba a que me llegara el pasado de regreso, un compañero de habitación me prestó un libro que por suerte era de un escritor dominicano que vivía en Buenos Aires, se trataba de Manuel del Cabral.
Se sintió tan conquistado por la poesía de Manuel del Cabral, que considera que lo contagió con la literatura, la que no ha podido abandonar hasta el día de hoy.
“La creación de una obra literaria comienza con una mortificación. Uno empieza a tener el tema en la cabeza y cuando logra sacarlo se siente liberado”, señala.
MAS PERSONAL
Diógenes Valdez nació en San Cristóbal, en donde vivió su infancia y parte de su adolescencia. Cuando viene a Santo Domingo reside en el Ensanche Ozama, donde dice haber tenido una magnífica experiencia, al punto de que de ahí es que sale su tercera novela: “Tiempos revocables”.
Obtiene una beca por lo que va a vivir a Montevideo, Uruguay. Allí estudia por espacio de tres años ingeniería industrial, pero antes de terminar la carrera regresa al país, decidido de manera firme a ser un escritor.
Al referirse a su familia, enseguida habla de sus dos nietas y su hija, que al igual que él es hija única. Al respecto, externa que el hecho de haber sido hijo único le hizo sentir bien porque en cierto modo copó todo el cariño de su madre y sus tías. Su padre tuvo otro hijo, pero ya adulto y graduado de ingeniero murió. “Me pongo triste cuando lo recuerdo porque sentía una especial adoración por ese hermano, y cuando me sentía tan feliz por tener un hermano volví a ser hijo único. La vida está llena de cosas, algunas son para que te sientas feliz y otras tristes. Creo que ambas cosas son necesarias, no podríamos apreciar la felicidad si no conociéramos la tristeza”.
OBRAS PUBLICADAS
– Cuentos:
 El silencio del Caracol, Premio   Nacional 1978.
 Todo puede suceder un día, Premio Nacional 1982.
 La pinacoteca de un burgués, Premio Nacional 1992.
 Motivos para aborrecer a Picasso, Premio Nacional 1998.
 Acta est fábula, Premio Nacional 2000.
– Novelas:
La Telaraña, 1980.
Lucinda Palmares, 1981.
Los tiempos revocables, Premio Siboney 1983.
Tartufo y las orquídeas, 2000.

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