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Escritos: Revista Cultural

jueves, 7 de febrero de 2019

Lucinda Palmares-Diognes Valdez, pdf, descarga gratis


POR CLARA SILVESTRE

El escritor Diógenes Valdez reconoce que el hecho de haber obtenido un premio por su primer cuento “El silencio del Caracol”, en 1978, cambió su destino, porque eso vino a reforzar la creencia de que estaba caminando por el camino correcto, y que se estaban dando las circunstancias y las posibilidades de convertirse en un escritor.
Hoy, luego de 11 novelas y alrededor de 90 cuentos concentrados en 5 libros publicados, que también han merecido premios y distinciones, recibe el Premio Nacional de Literatura con gran satisfacción y con muestras de agradecimiento para quienes reconoce dieron aliento a sus aspiraciones literarias.
A la interrogante de que si en estos momentos se siente más novelista o más cuentista, responde que las cosas son por igual, “el cuento da mayor satisfacción, porque es un género más exigente que la novela, pero la novela exige un poder de concentración mayor aún y un aliento también más duradero”.
Valdez define al escritor como una especie de conciencia de la sociedad, que debe reflejar los problemas sociales, sin hacer ningún tipo de concesiones, como si fuera la conciencia crítica de su época. “Tenemos el caso emblemático de El Quijote, que es la crítica a la sociedad de su época, y ha sido tan importante que todavía sus ideas, propósitos y proyección didáctica se mantienen, y creo que tomando ese caso como ilustrativo, el autor y su obra debe reflejar todos los problemas de su sociedad. Lo importante es obligar a esa sociedad a que tome conciencia de que está enferma, que tiene problemas y busque los correctivos de lugar. Yo creo que ese es el gran valor de un escritor”.
Como una gran característica en sus últimos libros, reconoce que la mayoría de los dramas que retrata en sus novelas están tomados de la realidad. “Creo que la realidad es mucho más rica que la imaginación, y esa realidad está tomada con tal verismo que a veces utilizo hasta los nombres propios de las personas que vivieron esas situaciones. Entiendo que los personajes empiezan a vivir realmente con sus verdaderos nombres”.
Destaca que más bien trata de plasmar realidades, respetando la dignidad de las personas, porque se trata de novelas que se alimentan de la vida real, aunque aclara que a veces algunas obligan a modificar puntos, porque sencillamente no funcionan en las relaciones de los personajes inventados.
En su primera novela “La telaraña”, publicada en 1980, expone sobre su infancia y lo que vivió en su hogar, pero reconoce que en ese entonces tenía temor de que su familia pudiera verla y se identificara, entonces es que disfraza todo de manera que si lo leían no se descubriera la situación. “Fíjate, ya yo puedo hablar con sinceridad. Llega un momento en la vida en que uno oculta cosas, pero cuando uno pasa de los 60, como hoy que tengo 64 años, y se ha vivido tanto, uno no tiene que cuidarse. En mis primeros tiempos, mis cuentos eran fundamentalmente políticos, de crítica a la sociedad y las instituciones, pero ya yo he calmado mis ímpetus con el paso del tiempo”.
Entre sus novelas le gusta mucho “Tartufo y las Orquídeas”, y aunque recientemente Manuel Mora Serra, jurado del premio que hace dos meses recibiera por parte de la Universidad Central del Este, con la novela “El cisne enfermo”, considerara ésta la mejor de todas, expresa que la anterior le llenó mucho.
CONFESIONES
“Nunca me sentí defraudado, porque supe encontrar voces de aliento. Cuando escribí mi primer cuento, como se dice vulgarmente a la bartolina, fue entonces cuando Manuel Rueda lo leyó y me dijo: ¿Esto no es un cuento? ¿Tú no has leído los apuntes de Juan Bosch sobre El arte de escribir cuentos? Entonces fui a leerlo y dije: ¡Es verdad!, entonces te puedo decir que he tenido suerte, porque he encontrado gente en etapas decisivas que han sabido orientarme de una manera positiva, y se lo agradezco de corazón a todos ellos”.
Antes de publicar su primer libro, Diógenes Valdez había publicado algunos cuentos en diarios de circulación nacional, los cuales considera perdidos, aunque sabe donde están, pero entiende que son el producto de una etapa inmadura.
PLANES
Entre sus planes está integrarse a las actividades culturales de Santo Domingo, y como primer paso retomará la practica de colaborar con los periódicos. En el pasado escribió crónicas de libros y ensayos breves. Ha publicado alrededor de 50 artículos.
Asimismo lleva bien avanzado un proyecto que abarca todos los cuentos de Juan Bosch, otro libro de cuento que pronto saldrá a la luz pública, entre otros que espera encontrar la tranquilidad y la paz social para hacerlos, porque luego de llevar 37 años trabajando para el Estado dominicano, hace poco fue despedido, lo que considera una injusticia ya que según el Código Laboral lo que procedía era una jubilación o una pensión automática.
En ese sentido, afirma que el premio ha llegado en el mejor momento.
UN MOMENTO TRASCENDENTAL
Diógenes Valdez tiene un gran sueño que no ha realizado. Se trata de regresar a ese lugar donde nació su vocación literaria, porque a su entender tal vez fue la época más feliz de su vida. Ese contagio con la literatura como lo llama, surgió estando en Uruguay, donde fue a estudiar la carrera de ingeniería.
¿Y a qué se debió el cambio de una carrera tan diferente como es la ingeniería hacia la literatura? “Primero, estaba muy lejos de mi país, y segundo era hijo único y estar tan lejos, hizo que me sintiera abandonado y tocado por la nostalgia, y mientras esperaba a que me llegara el pasado de regreso, un compañero de habitación me prestó un libro que por suerte era de un escritor dominicano que vivía en Buenos Aires, se trataba de Manuel del Cabral.
Se sintió tan conquistado por la poesía de Manuel del Cabral, que considera que lo contagió con la literatura, la que no ha podido abandonar hasta el día de hoy.
“La creación de una obra literaria comienza con una mortificación. Uno empieza a tener el tema en la cabeza y cuando logra sacarlo se siente liberado”, señala.
MAS PERSONAL
Diógenes Valdez nació en San Cristóbal, en donde vivió su infancia y parte de su adolescencia. Cuando viene a Santo Domingo reside en el Ensanche Ozama, donde dice haber tenido una magnífica experiencia, al punto de que de ahí es que sale su tercera novela: “Tiempos revocables”.
Obtiene una beca por lo que va a vivir a Montevideo, Uruguay. Allí estudia por espacio de tres años ingeniería industrial, pero antes de terminar la carrera regresa al país, decidido de manera firme a ser un escritor.
Al referirse a su familia, enseguida habla de sus dos nietas y su hija, que al igual que él es hija única. Al respecto, externa que el hecho de haber sido hijo único le hizo sentir bien porque en cierto modo copó todo el cariño de su madre y sus tías. Su padre tuvo otro hijo, pero ya adulto y graduado de ingeniero murió. “Me pongo triste cuando lo recuerdo porque sentía una especial adoración por ese hermano, y cuando me sentía tan feliz por tener un hermano volví a ser hijo único. La vida está llena de cosas, algunas son para que te sientas feliz y otras tristes. Creo que ambas cosas son necesarias, no podríamos apreciar la felicidad si no conociéramos la tristeza”.
OBRAS PUBLICADAS
– Cuentos:
 El silencio del Caracol, Premio   Nacional 1978.
 Todo puede suceder un día, Premio Nacional 1982.
 La pinacoteca de un burgués, Premio Nacional 1992.
 Motivos para aborrecer a Picasso, Premio Nacional 1998.
 Acta est fábula, Premio Nacional 2000.
– Novelas:
La Telaraña, 1980.
Lucinda Palmares, 1981.
Los tiempos revocables, Premio Siboney 1983.
Tartufo y las orquídeas, 2000.

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