BIBLIOTECA DE LIBROS DOMINICANOS EN PDF

BUSCA ESTA IMAGEN AL FINAL DEL TEXTO y...

DESCARGA TU LIBRO

Escritos: Revista Cultural

viernes, 30 de noviembre de 2018

Cuentos más que completos - Juan Bosch, pdf descarga gratis


En 1961 Juan Bosch vivía en Costa Rica una de las etapas del largo exilio que lo había llevado por distintos países; dejando libros guardados por todas partes, en cajas de cartón que nadie abriría ya nunca, como suele ocurrir. Los libros, que luego esponja la humedad y se come la polilla, son la causa de los exilios.
 
Fue el año en que lo conocí. Era entonces un desterrado emblemático del Caribe revuelto, que al tiempo que escribía cuentos ejemplares reclamaba una alternativa democrática para la República Dominicana, dominada por un tirano a su vez emblemático, el generalísimo Rafael Leónidas Trujillo. Yo recordaba que Trujillo había enviado una banda militar a los funerales del viejo Somoza, muerto a tiros por un poeta en el curso de una fiesta, y que los músicos, vestidos de uniformes negros con bordaduras doradas, marchaban de cuatro en fondo por las calles desoladas de

Managua tocando marchas fúnebres, los fuegos del sol de mediodía prendidos en el cobre de las bombardas; creo que se lo conté, y creo que se rió apaciblemente, con cierta melancolía. Ese mismo Trujillo de bigotito canalla que solía aparecer en los periódicos de Nicaragua retratado con un bicornio en el que flameaba un airón de plumas de avestruz, copiado de algún viejo figurín de pompas militares. Bosch y Trujillo, emblemáticos los dos, pero cada uno por su propio lado, representantes de mundos que jamás iban a reconciliarse.

Pero las fanfarrias y los disfraces de Trujillo no lo eran todo. Más siniestro que su uniforme de opereta era su modo de manejar los hilos del poder; entre el envilecimiento, el terror y el halago, su mano sabía alcanzar a sus enemigos por muy lejos que se hallaran.

Así había ocurrido con el atentado que su policía secreta urdió para matar al presidente de Venezuela, Rómulo Betancourt, en 1960, haciendo detonar al paso de su caravana un coche cargado de explosivos. Betancourt sobrevivió, con quemaduras, y aquel atentado marcó el inicio del fin de Trujillo, porque perdió el favor de los Estados Unidos de Kennedy y la OEA lo puso en cuarentena.
Juan Bosch se hallaba en Caracas para entonces, y ese mismo año en que empezaba el ocaso de Trujillo, él escribía el último cuento de su vida, “La mancha indeleble”. En adelante, el torbellino de los acontecimientos, en los que quedó envuelto, lo sacaría para siempre de la literatura. Pero como quiero explicar luego, no sólo los acontecimientos lo empujaban fuera, sino su propia convicción ética que envolvía por igual la literatura y la política, y asimismo sus ideas sobre el oficio del escritor.

Cuando lo conocí en el mes de mayo de aquel año, enseñaba historia de América Latina en la escuela que la hermandad de líderes socialdemócratas —José Figueres, Muñoz Marín, Haya de la Torre, Rómulo Betancourt y él mismo— había abierto en San Isidro de Coronado, un poblado del valle central cercano a San José, para entrenar a jóvenes dirigentes políticos del continente. Yo venía de participar en un congreso centroamericano de estudiantes celebrado en Panamá, y me detuve a visitar a amigos nicaragüenses que estudiaban en esa escuela. Uno de ellos, Julio López
Miranda, me presentó delante de don Juan como escritor, y él se complació mucho en sentarse conmigo a compartir una taza de café, y aleccionarme por una media hora sobre el arte de escribir cuentos, oficio en el que yo me iniciaba entonces.

Recuerdo su figura delgada en mangas de camisa, la corbata formalmente anudada, sus ojos celestes, sus anteojos con marco de carey, su pelo rizado, prematuramente cano, y su acento neutro, que no tenía ningún deje caribeño, severo y cordial de voz y maneras como recuerdo que eran mis tíos los Mercado, siempre buscando una moraleja en la conversación. Todo el mundo le decía “el profesor”, y por la forma didáctica de explicar sus convicciones, fueran políticas o literarias, hacía honor al nombre. Así pude escuchar de su voz sus ideas acerca del cuento, expuestas en sus Apuntes sobre el arte de escribir cuentos, publicados en El Nacional de Caracas en 1958.

Él era para entonces un cuentista consumado, que no faltaba en ninguna antología latinoamericana del género, un cuentista sobre todas las cosas, aunque también escribió dos novelas: La mañosa (1936) y El oro y la paz (1976); y se sentía muy a sus anchas y muy señor de su territorio al señalar las reglas de un arte que había practicado desde sus veinte años, cuando escribió sus primeros cuentos, entre ellos “La mujer”, que encabezó su primer libro, Camino Real, publicado en La Vega, en 1933. Cuando en 1942 escribió “El río y su enemigo”, recuerda que se dijo: “Ahora ya domino este género y hago con esto lo que quiera”.

Eran unas reglas que esbozadas en su tono cordial, parecían muy simples: persistir en el tema central; extraer al tema elegido las consecuencias últimas, con garra de animal de presa; hacer que el relato conserve el tamaño de su propio universo; no darle al relato medidas fraccionadas y distintas; y conseguir un final que sea siempre sorpresivo para el lector; todo resumido en la frase lapidaria de Horacio acababa de aparecer. Partía del ejemplo de aquel libro para delimitar desde entonces las que para él eran las diferencias fundamentales entre novela y cuento. A su juicio, los relatos de Novas Calvo tenían más bien la estructura de novelas cortas.

Abandonar para siempre la literatura resulta extraño en alguien que apenas sobrepasados los cincuenta años se encuentra en su plenitud creativa. Pero los acontecimientos se aceleraron. A los pocos días, ya de vuelta yo en Nicaragua, mataron a Trujillo en Santo Domingo, un acontecimiento decisivo en la vida de Juan Bosch. Volvió triunfante, y en 1962 resultó electo presidente de la república con más del sesenta por ciento de los votos, en las primeras elecciones libres que la República Dominicana conocía en toda su historia. Tomó posesión en febrero de 1963, y siete meses más tarde fue derrocado por un golpe militar, bajo la misma vieja justificación de que se trataba de un gobierno de inspiración comunista.

Exilio y escritura se habían convertido para él en una unidad indisoluble, aunque al mismo tiempo se mantuviera en lucha contra la tiranía. Había salido al destierro hacia Puerto Rico en 1937, el mismo año de la matanza de los braceros haitianos ordenada por Trujillo; dos años más tarde fundó, desde La Habana, el Partido Revolucionario Dominicano (PRD), y fue participante de varios movimientos armados, el más importante de ellos la fracasada expedición de Cayo Confites en 1947. Pero al regresar a su patria tras el fin del trujillato, ya no volvería a escribir más que reflexiones políticas y ensayos históricos.

Las reformas que desde la presidencia quiso imponer a la realidad arcaica de su país, vistas a la luz de hoy parecen moderadas, tan moderadas como lo fueron las que Jacobo Arbenz había querido para Guatemala una década atrás, y que le costaron también el derrocamiento y el exilio. No podía haber flores de invernadero en el páramo de la guerra fría. Y el hecho de que un escritor fuera depuesto por un golpe militar no era nada nuevo en América Latina. Lo mismo le había ocurrido al novelista Rómulo Gallegos en Venezuela en 1948, víctima del cuartelazo que tras pocos meses de su toma de posesión dio paso a la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez. Si la democracia era un concepto sospechoso bajo los términos de la guerra fría, más sospechosos aún resultaban los intelectuales que, junto con la necesidad de democracia, planteaban reformas a las estructuras sociales, despertando la alarma tanto en el Departamento de Estado de los Estados Unidos, aún en plena era Kennedy, como en los cuarteles de los ejércitos que, como los de la República Dominicana, Haití y Nicaragua, habían sido creados a imagen y semejanza de las fuerzas de marines norteamericanos que en distintos momentos de la primera mitad del siglo XX ocuparon esos países.

La vida de Juan Bosch seguiría siendo azarosa tras sus pocos meses en el poder. Exiliado otra vez en Puerto Rico, hasta allá lo alcanzaron en 1965 los ecos de la rebelión nacionalista que trajo como secuela la intervención militar estadounidense Quiroga: “el cuento es una flecha dirigida rectamente hacia el blanco”. A ese conglomerado supo siempre agregar una regla más, aunque no la proclamara, y que seguramente aprendió de Chejov, a quien tanto admiró: el cuento debe tener siempre como personajes a los pequeños seres. Los otros de quienes aprendió mucho, según él mismo confiesa, fueron Maupassant, Sherwood Anderson y Rudyard Kipling, de quien siguió siempre el consejo clave de que el verdadero arte de escribir consiste en borrar palabras.

Esas reglas suyas ya las había descrito desde mucho antes, cuando en 1944 publicó en La Habana una de sus primeras estaciones de exiliado, su Teoría sobre el cuento; refiriéndose a La Luna Nona y otros cuentos de Lino Novas Calvo que ordenada por Lyndon Johnson . Esa rebelión, encabezada por el coronel Francisco Caamaño en nombre de una facción juvenil del ejército que seguía siendo dominado por los viejos generales trujillistas, pretendió restablecerlo en el poder. La historia, que parece imaginada por los novelistas o por los cuentistas, había puesto en su camino a aquel joven oficial, encargado de custodiarlo durante el viaje en barco rumbo al destierro en septiembre de 1963, y que ahora quería devolverlo a la silla presidencial.

El hecho de que no volviera a escribir un solo cuento, su oficio de toda la vida, tiene que ver seguramente con su concepción ética de la literatura. Aún consciente de que sin atributos artísticos verdaderos una pieza literaria no es importante para nada, ni siquiera como recurso de propaganda, y muy dueño de un arte que había practicado a conciencia, capaz aún de definir sus reglas, siempre estuvo convencido de que la literatura debía servir para un fin moral —yo diría pedagógico—, tal como él mismo se coloca dentro del universo didáctico de Eugenio María de Hostos (1839-1903), uno de los mentores del positivismo en América Latina. Desde su juventud se proclamó un “hostoniano”, bajo la convicción de que las dos palancas que mueven al mundo son la moral y el trabajo; una de sus tareas del exilio en Puerto Rico y Cuba sería dirigir la edición de las obras completas de Hostos. “Hostos fue para mí un maestro a través de su obra”, dice él mismo. “El transformó mi destino. Antes de leer la obra completa de Hostos yo era un proyecto de hombre... un proyecto de hombre que quería hacer algo por su pueblo y por los pueblos latinoamericanos. Pero no sabía cómo...” De modo que esas ideas, que educaban para articular en armonía la conducta personal con el entorno social, sobrevivieron siempre en él, en sus tiempos de adhesión a la socialdemocracia, y aun en sus tiempos posteriores de adhesión al marxismo.
 
Esta finalidad ética la define al elegir el universo de sus cuentos, que es el del medio rural dominicano, concretamente la región del Cibao. Fue allí donde nació en el año de 1909, en el poblado de La Vega, hijo de un inmigrante catalán, que de albañil pasó a comerciante, y de una puertorriqueña de padre gallego. En una de las pocas ocasiones en que la intención ética y social aflora de manera explícita en sus cuentos, propone en boca de Juan, el personaje central, la visión que tiene sobre el escenario campesino del Cibao. Se trata del cuento “Rosa”:

No era culpa del campo ser arena de tragedias ni semillero de hombres que se desconocían a sí mismos. Esa era culpa de otros, de los que sacaban de nuestro sudor la parte que usaban en rodearse de comodidades o simplemente en envilecerse, y ni siquiera nos devolvían en escuelas lo que nos quitaban todos los días. Rodando por el mundo conocí muchos de esos culpables y me percaté de que gran parte de ellos ignoraban que vivían a costa nuestra. A los que me decían que con lo que yo sabía podía hacerme rico en la capital o en alguna ciudad, les respondía que yo sabía que era un explotado, pero que prefería eso a ser un explotador.

La visión que tiene de su país —moral, política, literaria— es integral, y cuando ejerció el poder, quiso hacer desde el gobierno lo que había venido haciendo toda su vida desde la literatura: reivindicar un mundo atrasado, olvidado, oprimido, hacerle justicia. Era el mundo de los campesinos que había conocido en el Cibao desde su infancia: minifundistas dueños de pequeñas parcelas, colonos y aparceros, peones sin tierra, braceros haitianos de los ingenios de azúcar; todo un universo tejido de costumbres ancestrales, supersticiones, códigos de honor, siempre en lucha con los excesos de la naturaleza, sequías o ríos desbordados, y en lucha también con el poder, los campesinos carne de cañón de las montoneras y de las guerras civiles, víctimas de la ley impuesta por los latifundistas, y víctimas, sobre todo, de la miseria ineluctable que acarrea, antes que nada, a la muerte. “La muerte era el gran personaje de la vida campesina”, dice, y frente a ella todo era indefensión, sin ninguna posibilidad de asistencia médica.
 
Cuando se fue al exilio en 1937, quedó intacto en su memoria ese mundo que pronto sería teñido con los colores del trujillismo; lo fue recreando siempre en sus cuentos, desde la lejanía, y así permaneció hasta que volvió a él por la puerta del poder político, con afán reivindicatorio. Está visto que fracasó en esta tarea, que era todo un experimento social y democrático muy nuevo en un país atrasado, y ultrajado por décadas, porque su visión política idealista no fue tan eficaz como la visión imaginativa que desarrolló en sus cuentos, y chocó rápidamente con la realidad heredada por el trujillismo que seguía presente en la sociedad dominicana, y principalmente en el ejército obediente a la filosofía de la guerra fría, que lo derrocó sin demora.
Después, tampoco hubo el tiempo ni las circunstancias para volver a la literatura. Regresaría del exilio en 1965 tras la revuelta abortada del coronel Caamaño; sería otra vez candidato presidencial en las elecciones de 1966 ganadas por el doctor Joaquín Balaguer, heredero del trujillismo; abandonaría en 1973 el partido que él mismo había fundado, para organizar el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) .

La literatura era para él un oficio serio, que no podía compartirse con la política. Se podía ser ambas cosas a la vez, escritor y político, pero no a un tiempo, y ésta es una de sus reglas sabias: “No es cierto que la política perjudique a la literatura. Lo que ocurre es que la política es una actividad a la cual hay que dedicarle todo el tiempo y la literatura también es una actividad a la que hay que dedicarle todo el tiempo... de manera que para realizar la actividad literaria y la política al mismo
tiempo, cualquiera de las dos es excluyente de la otra...”

El mundo que le sobrevivirá es el mundo del Cibao, el mundo de su imaginación y su memoria. Sobrevivirá porque está en sus cuentos: la única manera en que pudo exponerlo y, a fin de cuentas, reivindicarlo. Lo escogió deliberadamente, más allá de la moda y costumbre de aquellos años de forja de una literatura latinoamericana que aún buscaba su identidad en la naturaleza y en el paisaje, y en los seres que habitaban esa naturaleza y ese paisaje. De esa pretensión de organizar un universo autóctono, distinto al que reflejaba la literatura europea, para ir por ese camino hacia una identificación de lo propio que sirviera como argamasa de la nacionalidad por construir, nacieron los ismos de color local, criollismo, regionalismo, equivocados en la manera de abordar el universo rural que se ofrecía a los ojos del escritor en todo su esplendor y su miseria. Porque la literatura vernácula fragmentó ese universo, o se conformó con extraerle sus colores más banales, como si se tratara de una expedición para explorar lo exótico tierra adentro.

Bosch supo ir al encuentro de ese mundo porque lo reconoce en su complejidad y no lo banaliza nunca. Lo entiende en el conjunto de sus elementos atrayentes, no porque esos elementos sean pintorescos, sino porque tienen un peso humano, y enseguida acierta en transformarlos en materia literaria a través de una compleja operación imaginativa. Lejos de quedarse en una propuesta de decorados, a ser resuelta en excentricidades del habla o en juegos continuados de metáforas, nos convence de que el mundo rural que describe permanece allí, vivo y poderoso, no sólo como paisaje, aguardando a quien quiera entender su verdadera dimensión.

A lo largo del siglo XX, y sobre todo en la primera mitad que le toca literariamente a Bosch, ese mundo rural es dominante en nuestra realidad, y trastoca aún lo que llamamos nuestra cultura urbana. Es de la sobrevivencia de sus valores arcaicos, transfigurados en la vida cotidiana, que surgirá el asombro por los contrastes que da paso a eso que se ha dado en llamar realismo mágico.Al tocar esos elementos, como habitante él mismo del mundo rural del Cibao y no como visitante, Bosch da con las primeras claves de la literatura moderna, como podemos verlo en cuentos suyos como “Fragata”, la historia de una prostituta gorda que acarrea sus enseres en una carreta de bueyes para establecerse en una calle olvidada de un pueblo olvidado, y que preludia a La Cándida Eréndira y su abuela desalmada como en “Dos pesos de agua”, grabado con buril tenebroso en negro profundo, semejante a un aguafuerte de Goya, las ánimas del purgatorio entre las llamas, chillando como arpías que deciden la suerte de los pequeños seres que penan abajo al desatar sobre ellos el diluvio; o como el espléndido retrato del abuelo Juan, su abuelo materno, que está en el cuento “Papá Juan”.

Bosch escoge deliberadamente unas fronteras para sus cuentos, que son las del territorio del Cibao. Pero de ninguna forma son creaciones maniqueas, ni están construidas de manera pintoresquista. Son cuentos vernáculos porque se delimitan en un universo campesino, pero están elaborados desde abajo; y muy lejos de la usanza de la época, el autor no desciende hacia ese universo envuelto en metáforas sobre el paisaje, sino que sabe explorarlo a fondo; y cuando recurre a la naturaleza con sus fuerzas desatadas, esas fuerzas encarnan el destino, porque los seres humanos, pequeños seres desvalidos, viven o perecen bajo su imperio, como en “Mal tiempo”, que para mí es una de sus mejores piezas. Y esa escogencia deliberada de escenario tiene consecuencias en toda su obra.

Fue dependiente de comercio en el Cibao, oficial de estadísticas en Santo Domingo, vendedor de un puesto de licores en Madrid; durante sus primeros años en Venezuela, gerente de una compañía de variedades y descargador de camiones en el mercado de San Jacinto, en Caracas; pintor de carteles de cine, en Valencia; fue anunciador en un parque de diversiones ambulante, en gira por Curazao, Martinica y Trinidad, donde también fue panadero. Fue todo eso, y además exiliado político, que es un oficio en sí mismo. Experiencias suficientes para reflejar una múltiple diversidad de temas en su
narrativa.

Pero se quedó, con terquedad, en el escenario campesino del Cibao, saliendo de ese territorio sólo ocasionalmente y de manera ejemplar, como lo demuestra en su inolvidable cuento “Rumbo al puerto de origen”, en el que cuenta la historia mágica de un pescador que cae al agua por agarrar una paloma, mientras su barca de vela se aleja empujada por el viento. Esa constancia fue una manera de proclamar su compromiso con los personajes de su infancia, que fueron los campesinos, y no los pescadores, aunque en este cuento demuestre conocimientos de un virtuoso sobre el mar.

 
Todo lo que he querido decir sobre el entramado entre su vida política y su vida literaria, bajo el mismo presupuesto ético, está reflejado en la escogencia que hizo de sus cuentos preferidos en su Antología personal, publicada por la editorial de la Universidad de Puerto Rico en 1998. Aunque no sean los mejores, son los que más se acercan a su propia concepción de la literatura como reflejo de una realidad que no está allí sólo para ser contemplada, en la vena de los que algunos críticos llaman el realismo social, o sociorealismo. Y ese mismo entramado está presente en el criterio con que a partir de la década de los sesenta ordenó todos sus cuentos, desde los primeros que aparecen en Camino Real, para ser publicados en tres volúmenes: Cuentos escritos antes del exilio y Cuentos escritos en el exilio, Más cuentos escritos en el exilio. Al fin y al cabo su vida se cuenta antes y durante el exilio.

Y como insisto en que los escenarios de la historia parecen siempre preparados por la imaginación de los novelistas o cuentistas, termino recordando que cuando nos encontramos por primera vez en San Isidro de Coronado, nadie podía decirle que le tocaría suceder en el poder a Trujillo, su antítesis ética y política, aunque fuera por pocos meses. Tampoco nadie pudo haberme dicho a mí entonces, aprendiz de cuentista sentado frente a su maestro, que dos décadas después me tocaría suceder a Somoza como miembro de la Junta de Gobierno, al triunfo de la revolución en Nicaragua.

Al fin y al cabo, en el Caribe de llamaradas revueltas, la historia privada no viene a ser la historia de las naciones, como señalaba Balzac, sino que la historia pública arrastra en su turbión a las vidas privadas, las transforma, y como una deidad funesta, decide la suerte de los escritores.

SERGIO RAMÍREZ


https://drive.google.com/file/d/12l-RsCGlPZ2KNdbJ-LEfKOjLKkAgjBpP/view?usp=sharing

jueves, 29 de noviembre de 2018

La Sangre - Tulio M. Cestero, pdf descarga gratis




Hace ya más de tres décadas que un distinguido hombre de letras afirmó que con La Sangre quedaba "creado el molde de la verdadera novela dominicana", observando atinadamente que "este libro de Cestero y el Enriquillo de Galván se estiman los mejores exponentes de la literatura dominicana hasta el presente"; explicando que "si bien es cierto que en la restante producción nacional nos encontramos con extraordinarias páginas de Américo Lugo, con bellos y amenos libros de crítica de Federico García Godoy, con brillante páginas de tribunicia gallardía de Miguel Angel Garrido, con libros selectos de Pedro Henríquez Ureña, de Arístides García Gómez, también es cierto que toda esa cosecha mental adolece de un carácter fragmentario y diverso". Y concluía que "la novela La Sangre de Tulio M. Cestero, escritor de sólida y de extensa reputación, por su estructura y factura, es la novela que merece ser considerada como tal". A esa misma conclusión llegó hace apenas tres años Manuel Arturo Peña Batlle, cuando escribió: "Creemos firmemente que La Sangre es la mejor novela dominicana."
No me es dable hacer para este lugar un estudio de tan celebrada obra; y por eso, como una guirnalda tejida para ornar la frente de su autor, ofrezco a continuación unos cuantos juicios emitidos por plumas autorizadas.
Vetillo Alfau Dúrán


"La navela alcanza menor desarrollo; los novelistas que sobresalen son Reyles, Quiroga, Díaz Rodríguez, el venezolano Rufino Blanco Fombona, el dominicano Tulio Manuel Cestero, los argentinos Enrique Larreta, con su ficción histórica La Gloria de Don Ramiro, y Roberto José Payró, con sus narraciones y descripciones de la vida criolla".
(Pedro Henríquez Ureña, 
Historia de la Cultura 
en la América Hispana).


"Con la extensa novela La Sangre (1914) corona Cestero su labor de novelista. En el subtítulo Una vida bajo la tiranía, el autor pone de relieve su propio método; la fusiión de la historia con la descripción de la vida y las costumbres, para reconstruir el medio político-social. La época elegida por Cestero en La Sangre, es la de Ulises Heureaux: describía, por tanto, un momento histórico que vivió y conoció. Acertó en su empeño y La Sangre perdura como una de las novelas dominicanas mejor escritas y que mejor representa una etapa de la vida nacional.
(Max Hentiquez Ureña,
 Panorama Histórico de la
 Literatura Dominicana).


"La mejor obra dominicana en prosa que conozco es La Sangre de Tulio M. Cestero. Creo que, como factura artística, no solamente es el mejor libro dominicano sino también uno de los mejores de la América Latina… En La Sangre, a las brillanteces de1 estilo, al atrevimiento del
dibujo y a la pompa del colorido, se agrega el estudio de la psicología del dominicano, especialmente el capiltaleño Se puede, asegurar que el mejor estilista que ha producido Santo Domingo es Tulio M. Cestero, en La Sangre".
(José Ramón López, 
Letras, 1918).


"La Sangre es un estudio de honda meditación y de una realidad abrumadora. Como toda obra vivida y profundizada dentro de la vida, deja en el lector la novela de Cestero un sedimento de 'profunda tristeza. El análisis nos conduce a la verdad y la verdad es triste. Sobre los cuadros dolorosos de aquella existencia que nos presenta Cestero, pone el artista un velo de ideal transparencia . . . Hay páginas en La Sangre que evocan con encantadora gracias el paisaje isleño y la ciudad en donde el descendiente de españoles se mezcla y confunde con el africano indolente.
Cestero es un colorista delicado. En sus cuadros el dibujo es de precisión elegante y sobria. Su colorido no deslumbra tropicalmente; parece atenuado por un soplo de otoño. Ha compuesto el escritor dominicano una novela interesante como obra de arte y como documento humano".
(Maximiliano Grillo,
 El Literario, 
Bogotá - 1918).


"Tullo Manue! Cestero es el poeta del color y del estilo. Diríase que su obra literaria forma un arco iris a la vez un concierto de rapsodias. El fondo, más o menos oscuro i a veces de abismo, desaparece bajo la fronda de colores i la lluvia de los espejos. Sus descripciones se fijan en la retina como realidades vivas i como cosas con alma. En todos sus libros hai páginas destinadas a la Antología".
(Federico Henríquez y
 Carvajal, Letras 1918).


"La Sangre, por su dramatismo como narración realista de un período atormentado de la historia nacional, y por su calidad artística como novela contribuye enfáticamente a desmentir la tesis de Luis Alberto Sánchez, de que América es una novela sin novelistas."
(Manuel de Jesús Goico).

"La San¡re es un libro bello, sin duda. No debe encerrarsele en determinada frontera. Criollo por el sabor, por la inspiración, por el ambiente, es un libro de toda nuestra América, que no puede resultar extraño al paraguayo o al hijo de cualquiera otra de las naciones convulsivas de nuestro continente. Eso no se podría decir si el libro no estuviera escrito en pulido y bien sonante castellano … Cestero -que si mete tanta piel oscura en su novela es siguiendo un propósito científico- es un retratista formidable. Por su pluma, ya no morirá Lilís; el que lo conoció podrá seguramente evocarlo al leer las páginas de La Sangre. Adquiere tal vigor este personaje que así que aparece en la narración, que ya el libro no resulta sino marco de una figura de tanto relieve. Y esta pintura tan a lo vivo nos obsede hasta que llegamos a las páginas aquellas donde el autor se complace, tal como un anticuario en mostrarnos un medalIón de valor inapreciable, en describir una de esas matronas contra cuya señoría y cuya pureza no pudieron nada las revoluciones. Es ésta, una página maestra, que no creo superada en lengua castellana. Ni las más acertadas miniaturas de Azorín valen que este capítulo que se destaca del libro por derecho de superioridad. Juzgado en conjunto, La Sangre es un buen libro; juzgado en detalle, La Sangre no tiene par en la literatura americana. Tulio M. Cestero, que a pesar de sus frecuentes viajes y de haber vivido tantos años fuera de su país es siempre un dominicano quisqueyanísimo, podrá superarse en otro libro, y yo creo que lo logrará en su próximo César Borgia. Pero otra novela como ésta, tan íntimamente sentida, y tan sabrosamente escrita, ya no la escribirá nunca más. Nunca, porque en eIla está toda la juventud ardorosa e inquietante del autor con sus recuerdos, con sus luchas, con sus espiraciones, con sus primeros amores y también, con sus primeros choques con la realidad del medio nativo. Para mí, el más alto mérito de "La Sangre", consiste en que es un libro juvenil, escrito con toda el alma cuando ya la juventud de su creador va tramontando".
(Ruy de Lugo-Víña,
 Social, Habana, 1919) .


"T'ulio M. Cestero ha sido la representación más cabal entre nosotros del movimiento artístico contemporáneo en sus más llamativos aspectos. .. Tulio M. Cestero continúa siendo modernista en lo que toca principalmente a la forma. Al principio, al iniciarse, extremó los procedimientos, con asombro y escándalo de muchas gentes temerosa de lo nuevo; pero su actitud revolucionaria ha
ido modificándose con el tiempo, hasta lIegar últimamente, en su libro Hombres y Piedras, e un procedimiento artístico equilibrado y sereno. Su peculiaridad como escritor es la nota pictórica, intensamente pictórica. En su último libro La Sangre, hay derroche de luz, portentosa riqueza
de colorido. En ocasiones carece de mirada introspectiva, de hondo análisis psicológico'!.
(Federico García Godoy,
La Vida Intelectual Dominicana.
Nuestra América. Buenos Aires, 1919).


"T'ulio M. Cestero (1877), dominicano, diplomático, poeta y novelista, comenzó a publicar hacia 1898 (Notas y Escorzos), dentro del tipo de crónica que entonces alcanzaba considerable auge. Pero, no fue ese el camino que le condujo a la difusión, ni posiblemente el que le asegure un puesto respetable en la literatura del continente: su personalidad de novelista es lo que mas destaca en
el conjunto de sus actividades. Entre sus libros, después de su novela La Sangre (París 1915)', fuerte cuadro de costumbres criol1as (p. 352) ... " "Entre otras dos novelas famosas, Ciudad Romántica y La Sangre, esta última de intenso valor regional, y, por tanto, humano."
(p.371). (Luis Alberto Sánchez,
Nueva Historia de la Literatura
Americana. Buenos Aires).


"La mejor obra de Cestero es aquel1a, que deja sentir más hondo el arraigo americano; nos referimos a su novela La Sangre, que es, sin lugar a dudas, una de las mejores obras de la época contemporánea y que mañana habrá de figurar entre "Raza de Caín", "Paz", "Zurzulita",
"Canaán" e "Idolos Rotos". Quien ha escrito una novela como "La Sangre", tiene sobrados derechos para ser llamado maestro".
(El Mercurio, Santiago de Chile. 1921).


"Creemos firmemente que La Sangre es la mejor novela dominicana".
(Manuel Arturo Peña Batlle
Semblanza de Américo Lugo. - Historia
de Santo Domingo por
América Lugo. Editorial
Librería Dominicana,
Ciudad Truji11o, R. D. 1952).


"Los dos más destacados novelistas del país y entre los de rango en Hispano América en general, son Manuel de Jesús Galván (1834 -1911) y Tulio M. Cestero (1877-). El estilo y la dicción de Cestero están modelados en el de los escritores de la Edad de Oro de España, especialmente Cervantes, y por esta razón su vocabulario y sintaxis causarán posiblemente alguna dificultad en los estudiantes. El escribe telegráficamente además omitiendo frecuentemente verbos y cláusulas cortas .. . "
"Sin embargo sus escritos nos fascinan por su estilo y su contenido, quizás porque es bastante moderno a pesar de todo. Su franco realismo se anticipó ya dos décadas a un movimiento similar en la literatura Anglo-Sajona. A veces nos repele por su energía, fineza, en los detalles pocos atractivos, pero no nos puede dejar de impresionar con su intensa seriedad y minuciosidad de autor. Su pintura de la vida de Santo Domingo no puede ser superada, ya sea describiendo la vida de los escolares en la academia, o la de los presos en la torre, la alegre vida social en el período de Heuraeux, las aventuras de los revolucionarios en los montes, o la devastación causada por el huracán tronical. Su pluma se mueve rápidamente, pero nos da una pintura inolvidable, porque describe escenas que él ha presenciado personalmente y las cuales le han impresionado
poderosamente".
Tradución - (Introducción
de la edición escolar de La Sangre,
bajo el título Una vida bajo la
tiranía, preparada por
Albert Hotwell Gerbeticb, ph.D.,
Y Charles Franklin Peytie, M. S., D. C.
Heath and Company Boston).

https://drive.google.com/file/d/1z3UkjQVjB5sDvoAT7GoMPCTWZ4gQuoYi/view?usp=sharing

viernes, 23 de noviembre de 2018

El ojo del arúspice (Poesía), José Mármol, pdf descarga gratis




EL OJO DEL ARUSPlCE
o la suerte de la muerte.
(Fragmento)

La espera del arúspice es la espera del poema. En poesía -como en la vida -la muerte es siempre esa otra zona que se mira como por inversión- lo otro, el fondo del espejo-: vida invertida, la muerte no escapa al dualismo natural que pretende siempre instituirse en lógica. La muerte deviene así la novida.
Una primera lectura de los poemas de José Mármol muestra cómo queda en ellos retratada la muerte en su aspecto más crucial o visible: la des-composición de los cuerpos, es decir, huesos, carnes rotas, ojos desorbitados, todas las zonas físicas que entran en el poema como elementos codificadores de una muerte invocada. Pero esa mirada a la muerte o a lo muerto se invierte en el poema, y lo visto no es ya la muerte ( o la vida) en el espejo invertido del no-ser. Llamar a la muerte es y ha sido siempre, reconocer y afirmar la vida, desde las fórmulas nigromantes hasta la poesía hermética. Góngora lo hizo cuando fue su turno. Para él -y creo que para todo hombre renacentista- el ideal de lo vital, de la vida, era la permanencia (¿inmortalidad?) de lo vivo sobre lo muerto.

Mármol logra extender la mirada de la muerte hasta casi producir dos líneas visuales asintomáticas de la vida, un paralelismo en el cual ambas líneas (la vida y la muerte) se reflejan sin interceptarse (de nuevo la metáfora del espejo).

G.e. Manuel,
Marzo 3, 1984



El Ojo del Arúspice de José Mármol constituye el principio de una nueva órbita textual, donde la muerte como temática medular es el mito de la imagen que no es más que la vida misma.
Mito transubstanciado a través de un discurso que diseca el cuerpo del poeta como pensamiento, para dejarlo fluir en un vitalismo unas veces fenómenólogico y otras existencia que destruye lo tempo-espacial del ser. Las nuevas visiones, las presencias extrañas, los hallazgos rítmicos y sintácticos y las revelaciones místicas que dimanan de los símbolos incorpóreos e inexplicables, pero susceptibles de placer en sus formas expresivas, son con todo su saber la inocencia del genio poético, la liberación más radicalmente antidogmática del ser y la disolución de la realidad objetiva y evidente, creando así otro ámbito subjetivo que como epifanía deviene al nombre contradicción en el encuentro mítico consigo mismo.
Por eso la la ingenuidad en esta poética, es filosofía que empuja la poesía al naufragio continuo para de allí mismo mostrar las entrañas de la imagen como experiencia de límite, donde el poeta es indefectiblemente una fatalidad cotidiana.

Plinio Chahín


https://drive.google.com/file/d/1ZRD5ZUs2je7gyaPOVqE9lgXXk_6ePXIJ/view?usp=sharing

miércoles, 21 de noviembre de 2018

ANTOLOGIA CLASICA DE LA LITERATURA ARGENTINA, Pedro Henríquez Ureña - Jorge Luis Borges, pdf descarga gratis




En la presente ANTOLOGIA CLASICA DE LA LITERATURA ARGENTINA se aspira a ofrecer a los lectores una noción sintética de lo que fue la obra de los escritores y poetas del pasado definitivamente concluso: el título imponía limitaciones, y pensamos que sólo debería abarcar la extensión de tiempo que va desde los comienzo de la cultura de tipo occidental en el Río de la Plata, en el siglo XVI, hasta el final del período de organización de la Argentina moderna, en la década de 1880 a 1890. De los treinta y cinco autores que constituyen el conjunto, once alcanzaron el siglo XX; pero es significativo que cuanto escribieron todavía en nuestro siglo mire en general hacia el pasado: o es historia o son recuerdos personales.

No incluimos, pues, escritores nacidos después de 1850 o 1851: la generación de Joaquín González, de Ernesto Quesada, de Alejandro Korn, de Roberto Paurò, pertenece de lleno a la Argentina actual, muchos de ellos acaban de desaparecer, unos pocos viven todavía.

Hoy honda diferencia entre la literatura argentina de aquel pasado y la que comienza después de 1880. Los nuevos viven ya en una sociedad organizada, con perspectivas de estabilidad próspera: las instituciones de la noción, recientísimas como eran, habían adquirido solidez gracias a la energía moral y el vigor intelectual de sus creadores y sostenedores. Los pensadores pueden ya moverse, si lo desean, en el campo de la teoría pura; el artista puede, si lo desea, aislarse en la torre de marfil. Pero los hombres de la época anterior, desde la Revolución de Mayo hasta la conquista del desierto y la federalización de Buenos Aires, tenían que poner a prueba sus teorías en la acción; tenían que vivir la filosofía que profesaran; la literatura intervenía en las contiendas políticas. Eso da a la obra de aquellos escritores, desde Funes y Monteagudo hasta Avellaneda y Estrada, extraordinaria fuerza vital.

Nuestra antología, creemos, presenta el cuadro de la sociedad del pasado, con su inquietud constante, con sus aspiraciones y desfallecimientos: en ella domina, al fin, la fe en el porvenir de la patria, en el trabajo del bien y de la justicia sobre la tierra argentina.

Como los prosistas aquí representados son, por lo común, autores de obras extensas a representarlos en todos sus aspectos; hemos procurado, eso si, que estén representados aspectos característicos: en lo posible, los mejores. Y hemos evitado las páginas demasiado conocidas, aunque sean magníficas: así, deliberadamente, omitimos El hogar paterno, y El rastreador, y El baquiano, entre las de Sarmiento.

Hemos buscado, para cada obra, la edición más autorizada, a fin de respeta las palabras auténticas del autor, muchas veces estragadas en las reimpresiones corrientes. Todo corte en el texto transcrito se señala con puntos suspensivos. Cuando para comprensión de algún pasaje es necesario intercalar una o más palabras, va indicado entre paréntesis angulares.

Todos los autores que aparecen en la antología son conocidos como escritores, a excepciones de María Sánchez, admirable mujer que en sus cartas supo revelar con expresión vivaz su espíritu siempre activo y generoso. Creemos que su presencia completa el cuadro de la vida argentina del pasado. Se ha dicho que su voluminoso epistolario, cuando se publique, será porción significativa de la literatura argentina; lamentamos no haber tenido a mano otros materiales que los pocos ya impresos.

Figuran en la colección dos autores nacidos en territorios vecinos, pero en épocas en que la unidad del Río de la Plata era completa: Ruy Diaz de Guzmán y Bartolomé Hidalgo. Uno y otro están íntimamente ligados a la vida argentina. Lo está, igualmente, Croussac. Y lo está, por fin, Hudson, a quien sólo aleja de nosotros el idioma que escogió para expresarse.

Pedro Henríquez Ureña – Jorge Luis Borges.


https://drive.google.com/file/d/1dqxLwSjpCXjuxy8RdjhDSMuoIorGPAxz/view?usp=sharing



lunes, 19 de noviembre de 2018

Los que falsificaron la firma de Dios, Viriato Sención, pdf descarga gratis


Lo que Sención relata como la historia fatal de tres muchachos en la flor de su juventud y dos asesinos hipócritas resulta ser la cruel realidad vivida por un pueblo durante varios años plasmada en las líneas de su famosa obra ‘’Los que Falsificaron la Firma de Dios’’.

Las luchas constantes de tres jóvenes por sobrevivir a la corrupción y la hipocresía durante la tiranía Trujillista, participando abiertamente en ella la iglesia católica como protagonista de casos trágicos, es plasmada en la novela ‘’Los que falsificaron la firma de Dios’’, escrita en 1992 y atribuida a uno de los tres muchachos, costándole simbolicamente la vida su publicación, según el final de la obra, ya que denunciaba los actos de esas élites de poder.

Antonio Bell, Arturo Gonzalo y Frank Bolaños, todos menores de 17 años, se conocieron siendo seminaristas casi contra su voluntad y mientras eran víctimas de los abusos y maltratos de los maestros, curas y prefectos que dirigían la academia religiosa.

Antonio Bell, luego de atentar contra el gobierno de Tirano, personaje que representa al dictador Rafael Leónidas Trujillo, fue expuesto a torturas y encarcelamiento intentando llevarlo al borde de la locura, ya que por esto lo habían hecho pasar lo curas ante el dictador, por loco.

Intenta escapar con la ayuda inesperada de Arturo y Frank, y lográndolo así, años después, siendo ya un hombre, por mandato del entonces presidente en 1968, el doctor Mario Ramos, fiel servidor de su precedente, Tirano, le dieron muerte como a cualquier criminal.

Desde el principio sus vidas estaban destinadas a terminar en las manos de uno de los dos asesinos que se encontraban en el poder. Arturo, a quien Viriato Sención atribuye ser autor original de la novela, fue asesinado por mandato del presidente Ramos por el contenido expuesto en la misma, en 1993, poco después de publicar la obra, autorizada precisamente por el mandatario.

La figura del doctor Mario Ramos sobresale en la novela. Este, luego de ser mano derecha y consejero del Tirano, pasa a ocupar la presidencia de la República por 12 años consecutivos y ocho años después vuelve por dos períodos más.

El único sobreviviente, Frank, quien siempre supo como zafarse inteligentemente de las garras de los militares y personal de ambos presidentes, juró que se conocería y conmemoraría el asesinato de dos grandes hombres, Arturo y Antonio.

El abuelo de Antonio juega un papel muy peculiar y simbólico en la obra, con su gallo Juanito, representando éste un tormento sobre el presidente Ramos quien no vuelve a tener paz con el fantasma del animal, quizá como posible final justo que encontró el autor ante la impotencia de no poder hacer nada contra las barbaridades cometidas y que quedaron impunes hasta el día de la muerte de Joaquín Balaguer, a quien se refiere con el personaje del doctor Ramos. Llama mucho la atención, al leer la obra, la manera en la que denuncia y hace alusión a dos asesinos que han ocupado el poder en la República Dominicana Viriato Sención. De manera muy inteligente pone como autor de una historia que aunque verídica, usa nombres ficticios, jugando así con la astucia de los lectores, a uno de los personajes principales haciendo énfasis incluso en la forma en que le produjo la muerte el contenido del libro.

Pero, ¿es extraño que el autor, o sea Sención, use a Arturo en el final de la obra como autor de un texto llamado ‘’Los que Falsificaron la Firma la Dios’’? si estudiamos la historia real de esta obra nos damos cuenta que un año después del autor publicarla la Secretaría de Estado de Educación le otorgó a este el Premio Nacional de Novela por lo impactante y única que era, pero una semana después le retira dicho premio dejando en el ridículo a Sención, pero quizá salvándole la vida, en vista de que aun era presidente el doctor Joaquín Balaguer. Así que se puede decir que el final plasmado en las últimas páginas del libro es el posible desenlace al que se exponía Viriato al escribir la historia.

Definitivamente es casi imposible no mantener los ojos puestos en las pequeñas letras que componen las páginas de la obra, mientras más se lee más va cayendo el lector en un viaje inmerso de datos familiarizados con la historia del pueblo dominicano, que desgraciadamente, tuvo que vivir tantos años primero por un tirano y luego por su perro más fiel y discípulo de atrocidades. Duele que no sea sólo una obra, una historia falsa con el fin nada más que de entretener e impulsar a las personas a imaginar si ser humano alguno podría realmente llegar tan lejos. Al pueblo dominicano le consta que es así.

No hubo anciano, niño, joven, mujer que no fuera víctima de la mente perversa y desquiciada de Rafael Leónidas Trujillo y Joaquín Balaguer. Antonio Bell solo tenía 15 años y vivió un infierno que no todo hombre maduro podría soportar. Lamentablemente es la misma historia de muchos jóvenes que dejaron de suspirar y tener sueños por una simple orden de alguien que no creía en los derechos humanos ni en la libertad de los pueblos.

Es lo que Viriato Sención quiere mostrar en los mensajes ocultos de ‘’Los que falsificaron la Firma de Dios’’, ya que con mucho cuidado y atención hay que leer la obra para caer en la realidad y conocer cuál es el mensaje: conocer a aquellos, ya sea presidentes, consejeros, funcionarios, o la misma iglesia, que buscan falsificar la firma del todopoderoso tomándose la atribución de decidir cuándo alguien debe morir.

Fuente: Julissa Diaz, publicado en domingo, 11 de abril de 2010 en
http://jimagination3d.blogspot.com

https://drive.google.com/file/d/1_mGd9Wd_Icx-X-iUp74v-YMpglsfFlBK/view?usp=sharing

jueves, 15 de noviembre de 2018

El Masacre se pasa a pie, Freddy Prestol Castillo, pdf descarga gratis


Escribí bajo cielo fronterizo, en soledad. Sin darme cuenta; yo estaba exiliado. Evidentemente. en aquel yermo. era un preso más. sin ser preso. En medio de la noche oía el aullido interminable de los perros vagabundos, leves como hojas secas, hambrientos. elásticos como las sogas de la hacienda. Escribía furtivamente mientras la aldea dormía. Y en aquel meandro profundo del silencio yo pensaba en mi triste destino: condenado a soledad. Lo mismo que mi generación. penitenciada a la esterilidad. Salía del bohío, en la noche. a contemplar las estrellas de la noche fronteriza. ¡Bellas estrellas! Entonces el cielo denso. compactado, bajo. parecía darme en el rostro.
Intimamente venía a mi mente una palabra: soledad. Aquella palabra se llenaba de horror.

Tiranía es todo esto. La tiranía tiene el rostro como el de las estatuas: no ríe. La tiranía acogota con su mirada amarilla, peligrosa. (Cada vez que escribía, veía sobre mis pliegos furtivos los ojos amarillos de la tiranía). La tiranía es el tirano y todos los que no son el tirano. La tiranía es Don Panchito el Matón -aquél que agonizara catorce noches. cantando como gallo, croando como rana, roncando como cerdo. También, el cabo Sugilio: manos de tenazas, ojos profundos de animal de presa, actitud de leopardo. Don Panchito el Matón y el Cabo Sugilio estarían en todas partes. ¿No asecharían mi libro? ¿No espiarían mis pliegos? .. Ah. no! Don Panchito no sabe leer! Tampoco sabe el cabo Sugilio! Puedo escribir, tranquilo, en la noche!

Al cabo de mis sufrimientos, estaba escrito el libro. Si caía en manos de la policía secreta, habría sido sentenciado a muerte. El peligro hizo de mí y del libro dos personajes oprimidos. Un día me fugué del poblado. A partir de esa fecha el libro asumió su propia biografía. En la biografía del libro están la historia del Doctor M. y del Padre Oscar. A este último merecen estar vivas estas páginas. Yo también le debo la vida. Trazaré brevemente la historia del Doctor y del Padre Oscar. El Doctor era cifra de sabiduría y de vibración humana. Profundo conocedor de esta isla mágica. de sus ríos, de sus montes, de su historia, de sus hombres. Podía hablar largas horas acerca del hombre dominicano desde el desembarco de Colón en "La [sabela". También podía explicar todas la especies de insectos, de aves y peces de la Isla. Conversador exquisito: violento, taumaturgo, un Quijote mulato. A ratos parecía un desquiciado. Siempre genial y valiente. Su cátedra de Medicina, en la Universidad, atraía a todos los alunmos. aun los de las otras disciplinas. La cátedra del Doctor. al atardecer, dicha como en soliloquio, en bqja voz. a veces como aguacero lento, y otras, como una cascada salvqje. congregaba a los estudiantes de derecho. Sus digresiones. Para ambientar temas. eran maravillosas. ¡Vaya un hombre genial! Cirujano famoso, clínico, botánico, novelista, hablista, investigador, "Causseur". Se asfixiaba en el ambiente tóxico de la tiranía. Sospechoso al fin para la dictadura. creíamos que en cualquier momento un asesino pagado, irresponsablemente afavor de noche e impunidad. le arrancaría la vida al salir de la cátedra o en cualquier
esquina. Yo le había facilitado los originales del libro. Los recibió como una prenda. ávido de devorar el garabateado texto. Le expresé que yo debía antes copiarlo para que pudiese leerlo con más facilidad. DYo que no. Deseaba leerlo tal como saliera de mi pensamiento.

En las afueras de la capital. en su oficina privada. El Doctor leía entusiasmado el manuscrito. A veces suspendía la lectura y hablaba solo. como discutiendo. con detonantes interjecciones. -Diabloooo!... -gritaba-o -Maldito país!... No!No! Malditos poliiicost, porque este es un pobre país ignorante y castigado por el hambre! -Horror! Horror! ¿Es que tenemos que cobrar deudas de sangre. también con sangre? .. No! Pese a sus crímenes del siglo pasado. los haitianos son nuestros más desgraciados hermanos. más desgraciados que nosotros!
-Maldita dictadura. que destruye los caracteres y envilece los hombres! Maldita dictadura!...

Súbitamente callaba y daba pasos en redondo. acomodando los quevedos y enarcando sus bigotes agudos. Mientras tanto, caía la noche. Oíanse las cigarras. Y lejanas, las voces de arrieros nocturnos. conductores de recuas con carbón vegetal. A veces se colaba por la ventana alta. mientras leía. un pedazo de merengue vagabundo o un trémolo lejano y diluído de tambores en la medianoche. El Doctor suspendía la lectura en que estaba inmerso. Y decía:

-Síl... Sí/... pobrecillos de nosotros!... pobrecillos! Eso somos!... Ron. tambora. merengue... y dictadores!... ¿Para qué valen estas noches tan azules, estas estrellas tan brillantes, este olor de la noche, tan profundo como el ladrido del perro del campo? Toda esta belleza? ¿Para qué? .. Para contemplar la barbarie!... Ah!... sí/... Los haitianos!… pobrecitos ... Necesitan sanidad, comida. Educación… ¿salvajes? .. Tanto como nosotros! Y parecía gritar.

Fragmento del prólogo: Freddy Prestol Castillo

https://drive.google.com/file/d/1XwhToLrgYwArXDvV_DFlAJHsa-rz4j-K/view?usp=sharing

domingo, 11 de noviembre de 2018

La expidición de Cayo Confites, Humberto Vázquez García, pdf descarga gratis


ESCRITOR INVITADO

En cierta ocasión Julio Le Riverend expresó que los historiadores tenían encima la enorme carga de colmar vacíos. «Es su deber», 1 sentenció el gran historiador cubano. Fue ese y no otro el propósito que me animó al emprender la investigación que dio lugar al presente libro, pues la expedición de Cayo Confites —el mayor intento organizado para derrocar la tiranía de Rafael Leónidas Trujillo Molina en la República Dominicana —ha constituido un incuestionable vacío de la historiografía cubana y parecía llegada la hora de empezar a colmarlo. Y digo «empezar» intencionalmente porque, no obstante la copiosa información aquí contenida, sería absurda toda pretensión de agotar un tema que aún conserva zonas oscuras y enigmas cuyo esclarecimiento definitivo podría ser objeto de futuras investigaciones.

Naturalmente, no he partido de cero. La bibliografía relacionada al final del libro y las fuentes referenciadas a pie de página dan fe de ello. De particular utilidad resultaron los testimonios de algunos expedicionarios, sobre todo dominicanos y cubanos, que dieron sustancia y color a esta historia. No menos valor tuvieron los documentos desclasificados por los principales gobiernos implicados en la expedición y la información publicada por la prensa de la época. Sin embargo, carecía de un texto que abordara el tema de forma integral y con enfoque historiográfico.

Aportar esa obra, pues, ha devenido mi mayor anhelo, así como contribuir, de ese modo, a colmar el vacío existente y facilitar el trabajo a otros investigadores. De ahí que me haya propuesto explicar y analizar lo más exhaustivamente posible las razones que justificaron la expedición, sus azarosos preparativos, las vicisitudes de su larga estadía en tierra y de su travesía, su infausto desenlace y su trascendencia histórica, sin descuidar el complejo entorno nacional e internacional en que la empresa tuvo lugar. No he pretendido llegar a valoraciones concluyentes sobre todos los tópicos y aristas del fenómeno estudiado. He preferido hacerlo solo cuando la comprobación de los hechos no dejaba lugar a dudas. Pero tanto en estos como en los restantes casos, he optado por ofrecer al lector abundante información —incluidas no pocas versiones diferentes y opiniones contradictorias— a fin de que pueda formarse su propio juicio. Con este mismo espíritu, quisiera subrayar algunos puntos de la expedición de Cayo Confites que considero de particular relevancia:

1. La heroica y tenaz lucha del pueblo dominicano por librarse de la tiranía de Trujillo, afán que le hizo pagar una elevadísima cuota de muerte, sangre y dolor.
2. La solidaridad desinteresada e incondicional de los mejores hijos de la América Latina y del mundo, entre ellos cientos de cubanos, que hicieron suya la causa dominicana y arrostraron virilmente los riesgos y privaciones derivados de su digna actitud.
3. La conducta de los políticos y otros elementos inescrupulosos que se involucraron en la expedición, se aprovecharon de ella y jugaron con sus nobles fines en pos de intereses espurios y
ambiciones inconfesables.
4. El pragmatismo oportunista del Gobierno de los Estados Unidos y su responsabilidad en el fracaso de la expedición.
5. El papel de ciertos medios de prensa en la formación de estados de opinión —por lo general desfavorables a la expedición— y su similitud con algunas campañas mediáticas que tienen lugar en la actualidad.
6. La genialidad política de Fidel Castro, quien a sus veintiún años aquilató las debilidades intrínsecas que condenaban la expedición al fracaso, hizo lo posible por salvarla y —según palabras de Juan Bosch— previó lo que iban a pasar los expedicionarios después de la captura de su última nave por la Marina de Guerra cubana. Y como por una cuestión de honor y vergüenza no se resignó a la idea de entregarse ni convertirse en prisionero de los militares cubanos, protagonizó la hazaña de lanzarse a la bahía de Nipe —en unión de otros tres expedicionarios y con un alijo de armas— y cruzar, primero en bote y luego a nado, sus aguas infestadas de tiburones. Con ese histórico gesto, Fidel puso a salvo no solo su honor sino también, simbólicamente, el de la expedición de Cayo Confites.

Humberto V ázquez García
La Habana, septiembre de 2010



viernes, 9 de noviembre de 2018

Primer Concurso de Cuentos Radio Santa María, 1993, pdf descarga gratis


Los concursos, en términos generales, tienen una finalidad muy válida. Sirven para dar la oportunidad al que generalmente no la tiene. Por lo tanto, estimula la producción, el esfuerzo, la emulación y la creatividad, cualidades todas que necesitamos en grandes cantidades en las circunstancias actuales. En el caso de los concursos de arte, son quizás más necesarios aún; ya que la publicación, aunque sea en los periódicos nacionales no es una empresa fácil. Por una parte, hay muchos en turno esperando su oportunidad y por otra, los costos de la publicación de un libro sobrepasan las escasas posibilidades de la generalidad de los dominicanos.

Así pues, los jóvenes escritores están siempre en espera de conseguir una oportunidad, propiciada a través de los concursos. Ahora bien, concursar requiere de valentía y de seguridad. Nadie concursa por concursar, se hace porque se cree que se tiene algo que decir a los otros y que esa pequeña parte de la verdad puede ser importante para los otros. El dinero, en la mayoría de los casos, no es relevante.
Es por eso que siempre me han agradado todos los concursos artísticos y en la medida de mis posibilidades he colaborado en los literarios reuniendo ya algunas experiencias en concursos locales y regionales; en consecuencia, cuando el padre Tom Lluberes me llamó para pedirme que colaborara en el “Primer Concurso de Cuentos de Radio Santa María”, acepté gustosamente.
Reflexionando sobre el Concurso, advertí que en este caso había muchas circunstancia especiales. En primer lugar, el alcance de Radio Santa María es muy considerable y sus oyentes muy fieles. Por lo tanto, debería esperarse una participación fuera de lo común. En los concursos de la “Alianza Cibaeña”, del “Ateneo Minerva Mirabal”, el del “Municipio de Jarabacoa” o en el “Concurso de Navidad de la Diócesis de Higuey” y otros, el número nunca excedía los cincuentas textos participantes; por lo que deduje, en una verdadera pirueta de malabarista, que quizás pasarían de doscientos cincuenta. Faltando solo diez días para la entrega de los premios me hicieron llegar los últimos paquetes, alcanzando el número de cuatrocientos veinticinco (léase, 425 por favor). Hasta prueba en contra, es el más nutrido concurso de cuentos del que he tenido noticia en el país.
Por otra parte, también debía suponerse mucha heterogeneidad. El alcance de Radio Santa María las características de sus radiooyentes nuevamente marcaban la diferencia. No solo heterogeneidad en cuanto a las temáticas, que natural, sino en cuanto a las temáticas, que es natural, sino en cuanto a la presencia de muchos niveles diferentes de manejo de a escritura y de conocimientos del género; así como de diferentes sub-géneros. La sospecha, nuevamente, quedó ampliamente confirmada. Se recibieron cuentos de Cotuí, Padre Las Casas, Santiago, La Vega, Bonao, Samaná, Villa Riva, Santo Domingo y un sinúmero de parajes y campos de los que en muchas ocasiones no habíamos oído. Además se recibieron desde cuetnos de “Pepito y la Maestra” que ocupaban poco más de media páginas. Por último había anéctas, chistes, leyendas, cuentos realistas, surrealistas, etc.,
Lo más sorprendente, sin embargo, fue la calidad que encontramos en esos cuentos. Calidad humana, riqueza de experiencias, de ideas y sentimientos…, calidad literaria sorprendente, que envidiarían muchos de los concursos mencionados y aún otros de más prosapia y alcance nacional. Y no es que participaran algún que otro escritor más o menos consagrados, pues lo hubo, pero también torrentes de calidad en jovencitos que apenas han pasado de los dieciocho años y a los que este concurso les abre las puertas de la oportunidad.
La labor del Jurado fue realmente larga y ardua. Nos queda la satisfacción de haber contribuido al lanzamiento de un Concurso que promete ser de los más interesantes en el país, un concurso que hay que mantener y apoyar; pero sobre todo, la enorme satisfacción de comprobar que la nobleza y riqueza de sus sentimientos es francamente esperanzadora.

Solo me resta advertir a la empresa “León Jimenes” que tiene entre sus manos un instrumento de promoción cultural, humana y social inapreciable y que, en consecuencia, debe invertir todos los recursos necesarios para garantizar sus validez por muchos años. Mi ferviente deseo es que así sea.

Carlos Fernández – Rocha
Jurado del Concurso
30 de noviembre de 1993.


jueves, 8 de noviembre de 2018

La isla al revés, Haití y el destino dominicano, Joaquín Balaguer, pdf descarga gratis


El problema haitiano y dominicano.



El problema representado por la presencia en la misma isla de dos pueblos de origen diferente es el que gravita más peligrosamente sobre el destino del pueblo dominicano.

En este libro se analiza, quizás por primera vez, ese problema con absoluta imparcialidad, y se señala valientemente la imperiosa necesidad de que ambos pueblos busquen fórmulas de avenencia y despejen de incomprensiones y de prejuicios estériles la senda marcada a ambos inexorablemente por el destino que los condena a vivir como dos hermanas siamesas en un mismo rincón insular bajo signos históricos políticamente distintos pero necesariamente adversos.

Quimeras aparentes como la de la doble nacionalidad y la de una Carta Orgánica paralela son metas ambiciosas llamadas a sustituir algún día la de un gobierno único y la de la indivisibilidad política que durante más de un siglo no han contribuido a asociar sino más bien a alejar a los pueblos de ambas naciones.
La utopía de hoy -decía Víctor Hugo- puede ser la carne y el hueso de mañana”.

Lo que Santo Domingo (República Dominicana) desea es conservar su cultura y sus costumbres como pueblo español e impedir la desintegración de su alma y la pérdida de sus rasgos distintivos. Lo único que se necesita para llevar adelante esa empresa de preservación nacional es que ambos pueblos se mantengan dentro de los límites territoriales fijados por el Tratado de 1936 y que Haití respete. Cuatro son las medidas que se han puesto en vigencia, por parte de de nuestro país.
a) La fijación de los límites que separan a los dos pueblos.
b) La prohibición de la inmigración haitiana.
c) La vigencia estricta de las fronteras para impedir la penetración clandestina y hacer efectiva la soberanía y;
d) La dominicanización de las zonas fronterizas.

Joaquín Balaguer