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Escritos: Revista Cultural

jueves, 15 de noviembre de 2018

El Masacre se pasa a pie, Freddy Prestol Castillo, pdf descarga gratis


Escribí bajo cielo fronterizo, en soledad. Sin darme cuenta; yo estaba exiliado. Evidentemente. en aquel yermo. era un preso más. sin ser preso. En medio de la noche oía el aullido interminable de los perros vagabundos, leves como hojas secas, hambrientos. elásticos como las sogas de la hacienda. Escribía furtivamente mientras la aldea dormía. Y en aquel meandro profundo del silencio yo pensaba en mi triste destino: condenado a soledad. Lo mismo que mi generación. penitenciada a la esterilidad. Salía del bohío, en la noche. a contemplar las estrellas de la noche fronteriza. ¡Bellas estrellas! Entonces el cielo denso. compactado, bajo. parecía darme en el rostro.
Intimamente venía a mi mente una palabra: soledad. Aquella palabra se llenaba de horror.

Tiranía es todo esto. La tiranía tiene el rostro como el de las estatuas: no ríe. La tiranía acogota con su mirada amarilla, peligrosa. (Cada vez que escribía, veía sobre mis pliegos furtivos los ojos amarillos de la tiranía). La tiranía es el tirano y todos los que no son el tirano. La tiranía es Don Panchito el Matón -aquél que agonizara catorce noches. cantando como gallo, croando como rana, roncando como cerdo. También, el cabo Sugilio: manos de tenazas, ojos profundos de animal de presa, actitud de leopardo. Don Panchito el Matón y el Cabo Sugilio estarían en todas partes. ¿No asecharían mi libro? ¿No espiarían mis pliegos? .. Ah. no! Don Panchito no sabe leer! Tampoco sabe el cabo Sugilio! Puedo escribir, tranquilo, en la noche!

Al cabo de mis sufrimientos, estaba escrito el libro. Si caía en manos de la policía secreta, habría sido sentenciado a muerte. El peligro hizo de mí y del libro dos personajes oprimidos. Un día me fugué del poblado. A partir de esa fecha el libro asumió su propia biografía. En la biografía del libro están la historia del Doctor M. y del Padre Oscar. A este último merecen estar vivas estas páginas. Yo también le debo la vida. Trazaré brevemente la historia del Doctor y del Padre Oscar. El Doctor era cifra de sabiduría y de vibración humana. Profundo conocedor de esta isla mágica. de sus ríos, de sus montes, de su historia, de sus hombres. Podía hablar largas horas acerca del hombre dominicano desde el desembarco de Colón en "La [sabela". También podía explicar todas la especies de insectos, de aves y peces de la Isla. Conversador exquisito: violento, taumaturgo, un Quijote mulato. A ratos parecía un desquiciado. Siempre genial y valiente. Su cátedra de Medicina, en la Universidad, atraía a todos los alunmos. aun los de las otras disciplinas. La cátedra del Doctor. al atardecer, dicha como en soliloquio, en bqja voz. a veces como aguacero lento, y otras, como una cascada salvqje. congregaba a los estudiantes de derecho. Sus digresiones. Para ambientar temas. eran maravillosas. ¡Vaya un hombre genial! Cirujano famoso, clínico, botánico, novelista, hablista, investigador, "Causseur". Se asfixiaba en el ambiente tóxico de la tiranía. Sospechoso al fin para la dictadura. creíamos que en cualquier momento un asesino pagado, irresponsablemente afavor de noche e impunidad. le arrancaría la vida al salir de la cátedra o en cualquier
esquina. Yo le había facilitado los originales del libro. Los recibió como una prenda. ávido de devorar el garabateado texto. Le expresé que yo debía antes copiarlo para que pudiese leerlo con más facilidad. DYo que no. Deseaba leerlo tal como saliera de mi pensamiento.

En las afueras de la capital. en su oficina privada. El Doctor leía entusiasmado el manuscrito. A veces suspendía la lectura y hablaba solo. como discutiendo. con detonantes interjecciones. -Diabloooo!... -gritaba-o -Maldito país!... No!No! Malditos poliiicost, porque este es un pobre país ignorante y castigado por el hambre! -Horror! Horror! ¿Es que tenemos que cobrar deudas de sangre. también con sangre? .. No! Pese a sus crímenes del siglo pasado. los haitianos son nuestros más desgraciados hermanos. más desgraciados que nosotros!
-Maldita dictadura. que destruye los caracteres y envilece los hombres! Maldita dictadura!...

Súbitamente callaba y daba pasos en redondo. acomodando los quevedos y enarcando sus bigotes agudos. Mientras tanto, caía la noche. Oíanse las cigarras. Y lejanas, las voces de arrieros nocturnos. conductores de recuas con carbón vegetal. A veces se colaba por la ventana alta. mientras leía. un pedazo de merengue vagabundo o un trémolo lejano y diluído de tambores en la medianoche. El Doctor suspendía la lectura en que estaba inmerso. Y decía:

-Síl... Sí/... pobrecillos de nosotros!... pobrecillos! Eso somos!... Ron. tambora. merengue... y dictadores!... ¿Para qué valen estas noches tan azules, estas estrellas tan brillantes, este olor de la noche, tan profundo como el ladrido del perro del campo? Toda esta belleza? ¿Para qué? .. Para contemplar la barbarie!... Ah!... sí/... Los haitianos!… pobrecitos ... Necesitan sanidad, comida. Educación… ¿salvajes? .. Tanto como nosotros! Y parecía gritar.

Fragmento del prólogo: Freddy Prestol Castillo

https://drive.google.com/file/d/1XwhToLrgYwArXDvV_DFlAJHsa-rz4j-K/view?usp=sharing

domingo, 11 de noviembre de 2018

La expidición de Cayo Confites, Humberto Vázquez García, pdf descarga gratis


ESCRITOR INVITADO

En cierta ocasión Julio Le Riverend expresó que los historiadores tenían encima la enorme carga de colmar vacíos. «Es su deber», 1 sentenció el gran historiador cubano. Fue ese y no otro el propósito que me animó al emprender la investigación que dio lugar al presente libro, pues la expedición de Cayo Confites —el mayor intento organizado para derrocar la tiranía de Rafael Leónidas Trujillo Molina en la República Dominicana —ha constituido un incuestionable vacío de la historiografía cubana y parecía llegada la hora de empezar a colmarlo. Y digo «empezar» intencionalmente porque, no obstante la copiosa información aquí contenida, sería absurda toda pretensión de agotar un tema que aún conserva zonas oscuras y enigmas cuyo esclarecimiento definitivo podría ser objeto de futuras investigaciones.

Naturalmente, no he partido de cero. La bibliografía relacionada al final del libro y las fuentes referenciadas a pie de página dan fe de ello. De particular utilidad resultaron los testimonios de algunos expedicionarios, sobre todo dominicanos y cubanos, que dieron sustancia y color a esta historia. No menos valor tuvieron los documentos desclasificados por los principales gobiernos implicados en la expedición y la información publicada por la prensa de la época. Sin embargo, carecía de un texto que abordara el tema de forma integral y con enfoque historiográfico.

Aportar esa obra, pues, ha devenido mi mayor anhelo, así como contribuir, de ese modo, a colmar el vacío existente y facilitar el trabajo a otros investigadores. De ahí que me haya propuesto explicar y analizar lo más exhaustivamente posible las razones que justificaron la expedición, sus azarosos preparativos, las vicisitudes de su larga estadía en tierra y de su travesía, su infausto desenlace y su trascendencia histórica, sin descuidar el complejo entorno nacional e internacional en que la empresa tuvo lugar. No he pretendido llegar a valoraciones concluyentes sobre todos los tópicos y aristas del fenómeno estudiado. He preferido hacerlo solo cuando la comprobación de los hechos no dejaba lugar a dudas. Pero tanto en estos como en los restantes casos, he optado por ofrecer al lector abundante información —incluidas no pocas versiones diferentes y opiniones contradictorias— a fin de que pueda formarse su propio juicio. Con este mismo espíritu, quisiera subrayar algunos puntos de la expedición de Cayo Confites que considero de particular relevancia:

1. La heroica y tenaz lucha del pueblo dominicano por librarse de la tiranía de Trujillo, afán que le hizo pagar una elevadísima cuota de muerte, sangre y dolor.
2. La solidaridad desinteresada e incondicional de los mejores hijos de la América Latina y del mundo, entre ellos cientos de cubanos, que hicieron suya la causa dominicana y arrostraron virilmente los riesgos y privaciones derivados de su digna actitud.
3. La conducta de los políticos y otros elementos inescrupulosos que se involucraron en la expedición, se aprovecharon de ella y jugaron con sus nobles fines en pos de intereses espurios y
ambiciones inconfesables.
4. El pragmatismo oportunista del Gobierno de los Estados Unidos y su responsabilidad en el fracaso de la expedición.
5. El papel de ciertos medios de prensa en la formación de estados de opinión —por lo general desfavorables a la expedición— y su similitud con algunas campañas mediáticas que tienen lugar en la actualidad.
6. La genialidad política de Fidel Castro, quien a sus veintiún años aquilató las debilidades intrínsecas que condenaban la expedición al fracaso, hizo lo posible por salvarla y —según palabras de Juan Bosch— previó lo que iban a pasar los expedicionarios después de la captura de su última nave por la Marina de Guerra cubana. Y como por una cuestión de honor y vergüenza no se resignó a la idea de entregarse ni convertirse en prisionero de los militares cubanos, protagonizó la hazaña de lanzarse a la bahía de Nipe —en unión de otros tres expedicionarios y con un alijo de armas— y cruzar, primero en bote y luego a nado, sus aguas infestadas de tiburones. Con ese histórico gesto, Fidel puso a salvo no solo su honor sino también, simbólicamente, el de la expedición de Cayo Confites.

Humberto V ázquez García
La Habana, septiembre de 2010